Juan Antonio Moya Córdoba “Juanacho”
Personaje desconocido por las nuevas generaciones, quien se desempeñó como músico de chirimía, tocando la tambora en pueblos cercanos a Quibdó, como por ejemplo en Tanando, Tutunendo, Neguá, Bebaramá, Arquía, en eventos como fiestas patronales, argollamiento o peditorio, como denominaban nuestros campesinos al ritual de pedir la mano de la novia con promesa formal de matrimonio y que, en nuestra legislación civil,es equivalente a los esponsales.
Juan Antonio, más conocido como “Juanacho” estuvo activo como músico hasta mediados de la década del 50, cuando perdió totalmente la visión por un Glaucoma, enfermedad que afecta esencialmente y en forma irreversible el nervio óptico, si no se detecta a tiempo, cosa que era imposible en esos tiempos en el Chocó, por carencia de recursos humano y tecnológicos. Juan Antonio, además para su desgracia, padecía de una Hernia inguinoescrotal (muy notoria) que se presenta cuando parte del intestino se desplaza a los testículos, lo cual dificultaba su movilidad y en esas condiciones era complicado su traslado al área rural, dado que los viajes eran por el río y embarcado en una canoa o champa, a punta de canalete y palanca.
“Juanacho” tenía un tono de voz grave y fuerte; además la habilidad asombrosa de imitar el sonido de un Bombardino o Cobre y como tenía bien registrada en su mente las piezas musicales que acompañaba como tamborero, con el puño de sus manos y dedos, ejecutaba el sonido de una tambora y del redoblante. La ejecución de sus melodías las hacía eventualmente en las puertas de alguna casa de familia; pero el escenario de su preferencia y donde tenía su público, era en los cafés, dotados de billares o juego de cartas con poca música.
Los establecimientos que frecuentaba Juanacho eran los siguientes: El Edén del señor Bernardo Uribe, La Paz de Alejo Garcés García, Puerto Nuevo de Roberto Montoya(padre), Citará de Abigail Garcés (Lalo Garcés). A cambio de sus interpretaciones musicales, de pasillos, abozaos y sones chocoanos, “Juanacho” recibía de los asistentes a los locales antes citados, monedas y uno que otro peso, algo muy significativo para sus condiciones. Juan Antonio para moverse de un lado o lugar para otro, se apoyaba de un bordón, asido de la mano de un jovencito que no se le despegaba ni un momento.
“Juanacho” era de una estatura normal, medio gordito, que había nacido en Neguá en 1914, vivió siempre en Quibdó, en la carrera tercera entre calles 30 y 31, en el Barrio Cristo Rey, en casa de unos parientes suyos, el matrimonio conformado por. Luis Felipe Moya y Etanislada Córdoba. Luis Felipe, también fue músico que interpretaba el bombardino y fue compañero de “Juanacho”, en correrías musicales. Él gran “Juanacho” falleció en 1975, amaneció muerto en su lecho sin que se determinara la causa de su fallecimiento. Conocí y traté personalmente a “Juanacho”, fuimos vecinos vecinos, nos distanciaba media cuadra.
Salomón “Pipa”.
A través de la historia de la humanidad, se ha tejido leyendas y mitos de ciertos personajes que pueden ser ficticios o reales a quienes se les atribuyen poderes y sirven en algunos casos para dejar una enseñanza a los niños para su buena crianza. En el caso de Quibdó vale recordar un personaje real de carne y huesos de nombre Salomón, de profesión, guardián de la cárcel, era de ojos grandes como desorbitados, que se prestaban para la intimidación. Salomón era de buena estatura, de contextura delgada que contrastaba con su abdomen o barriga prominente, de allí su apodo de Salomón “Pipa”, algo parecido al niño que se mostraba en la propaganda del purgante de nombre Pipelón, para el niño flaco y barrigón.
Todos los niños de Quibdó, con edad escolar de los primeros años, de antes y después de mi generación, tuvimos que ver con este personaje nacido en Tadó, de quien no recuerdo sus apellidos y menos encontré persona alguna, que pudiera conocerlos. Nuestros padres, sin excepción nos habían atemorizado con Salomón “Pipa”, de él, nos decían que vivía en la loma de San Judas, que en esa época era despoblada, las casas eran pocas; nos comentaban además de ese personaje, que tenía en su casa una olla grandota donde cocinaba a los niños que se portaban mal, que se lo comía con hueso y todo, razón por la cual su barriga era enorme.
Era normal que los niños jugáramos en las calles, futbol con pelota de caucho y letras, bolas trompo o cualquier otra cosa, y ante el anuncio que venía “Salomón Pipa”, cundía el pánico y a correr se dijo, nadie pensaba en recoger la pelota, las bolas o el trompo, todo el mundo a buscar escondedero. Si yo, particularmente veía en la distancia en una calle a Salomón, las paticas me temblaban y corriendo cruzaba cuanta calle encontraba.
La situación se hacía más grave, en razón a que Salomón Pipa, le hacía el juego a los padres; cuando pasaba por la casa de algún conocido, como en mi casa, entraba y preguntaba por uno, indagaba como iba en m comportamiento, me cogía de la mano y me pelaba sus ojotes, yo al escucharlo sentía que mi sangre se congelaba, el terror me invadía y lo menos que pensaba era soltármele y salir corriendo para esconderme bajo de una cama.
En lo que respecta a otros niños de esa época, cada uno en particular tendrá su historia para contar, pero para todos los que estábamos en edad escolar de los primeritos años, el coco, el duende y el diablo con sus cachos y su tridente, eran unos pobres pendejos, a quienes no les comíamos cuento, como a “Salomón Pipa”.
Honorio “sweter chiquito”.
En mi epoca de estudiante de los últimos años de la escuela primaria y los primeros años de bachillerato, recuerdo que los precios de camisas y sweteres, dependían de la talla; en ese sentido una talla S, era más económica que la M y ésta de menor valor que la talla L. Vale anotar que el sweter siempre fue más barato que la camisa. Para el caso de los pantalones la regla era similar; el de talla 32, resultaba más económico que el 34 y así sucesivamente.
En el recorrido que hacía de mi casa ubicada en la calle 31ª con carrera 3ª, al Colegio Carrasquilla, con frecuencia me encontraba con el señor Honorio, en la esquina de la carrera 6ª con calle 31ª, cuando aquel, venía del sector donde residía conocido como “Huapango” transportando manojos de leña o carbón y en dichos encuentros, siempre lo vi usando unos pantalones que en principio fueron largos y posteriormente recortados a la altura de la espinilla. Nuestro personaje era de complexión delgada, de buena estatura y de pecho ancho, siempre usó sweter de una talla muy inferior a la que le correspondería conforme a sus características físicas y morfológicas, por eso los muchachos traviesos o recocheros lo apodaron “sweter chiquito”.
Vale anotar que el citado remoquete disgustaba en grado sumo y de qué manera al señor Honorio; de tal forma que, si el muchacho impertinente le gritaba una sola vez “sweter chiquito”, Honorio por su parte le respondía una sola vez” hijueputica”. Si en lugar de una vez eran dos veces, la respuesta era hijueputica, “hijueputica”. Si en lugar de dos veces, la mención de “sweter chiquito “se aumentaba a 3 veces, la riposta era, hijueputica, hijueputica, hijueputica.
De otra parte y en relación con este mimo personaje, aconteció que entre 1961 y 1962, en la Alameda Reyes, entre carreras 3ª y 4ª frente a la casa del señor Froilán Arriaga, se reventó un cable que llevaba energía eléctrica (línea de alta tensión) cayéndole el extremo a una vaca que transitaba por la calle en esos momentos, electrocutándola de ipso facto. Cuando se identificó al dueño del semoviente y notificado de los hechos, se procedió al reconocimiento de la difunta vaca.
El propietario de la vaca muy compungido dispuso: 1- Que la pobre vaquita fuera montada en un coche (carreta tirada de un caballo) con destino al matadero de Quibdó, que en ese entonces funcionaba justo en el sector de “Huapango”. 2- Que posterior a ser descuartizada la vaca, se repartiera en forma gratuita entre las personas que a bien quisieran una buena porción.
Contrario a que la gente masivamente acudiera al matadero por su parte, hubo ausencia total de público, porque dudaban y eran temerosos que esa carne fuera apta para el consumo humano, considerando que la vaca había muerto en la calle por una descarga eléctrica.
Para sorpresa de la comunidad Quibdoseña, quien si se presentó en el matadero por carne de la vaca electrocutada fue el señor Honorio, portando una lata de aquellas que servían de empaque a la manteca, proveniente de Cartagena, en las lanchas que surcaban en aquella época el Río Atrato. El señor Honorio, llenó su lata con distintas partes de la vaca, se marchó del matadero bien campante, sin importar en el qué dirán.
La información que Honorio había llevado para su casa carne de la vaca electrocutada, causó asombro entre los habitantes de Huapango y en poco tiempo la bola se regó por todo Quibdó y quienes no lo identificaban bien, andaban expectantes por conocerlo. Así las cosas, los mismos muchachos irreverentes que habían apodado al señor Honorio “Sweter chiquito” le adicionaron su apodo original; de allí en adelante le gritaban “sweter chiquito, come carne eléctrica “. Por supuesto el nuevo remoquete aumentó la irritabilidad del señor Honorio, sus mentadas de madre aumentaron y además lanzaba otras expresiones de grueso calibre, no aptas para ser transcritas en este escrito.
Quibdó, Julio 25 de 2026







