Hay una conclusión que puede ser peligrosa después de una emergencia: si no ocurre una tragedia mayor, creemos que estábamos preparados. Pero no
necesariamente es así.
A veces simplemente tuvimos suerte.
Y por eso, después del terremoto del 10 de agosto, quizás estamos haciendo la
pregunta equivocada. Preguntamos qué se dañó, cuántas casas, cuántas personas, cuántas instituciones, cuánto tardó en regresar la energía. Todo eso
importa. Pero hay una pregunta mucho más incómoda:
¿Qué habría pasado si el terremoto hubiera sido un poco peor?
No necesitamos imaginar una película de desastre. Solo un escenario en el que,
al mismo tiempo, una carretera dejará de funcionar, una comunidad perdiera
comunicación y un servicio de salud tuviera que trabajar con menos capacidad.
Ahí empieza otra historia.
Porque en el Chocó una persona no siempre está cerca de un servicio de salud
aunque ese servicio exista.
Una cosa es que haya una cama. Otra es poder llegar hasta ella. Una cosa es
que exista una ambulancia. Otra es que pueda llegar hasta donde está el
paciente. Una cosa es tener un puesto de salud. Otra es que la comunidad pueda
comunicarse cuando necesita ayuda. Y en un territorio donde para muchas
comunidades el río, una carretera, una embarcación o una determinada ruta
hacen parte del camino hacia la atención, la salud también depende de cosas
que oficialmente no llamamos “salud”.
Ese es el punto que estamos dejando pasar.
Hemos aprendido a mirar la salud desde el lugar donde termina el recorrido: el
hospital, el puesto de salud, la ambulancia. Pero deberíamos mirar también todo
lo que tiene que funcionar antes de que una persona pueda llegar allí.
Y eso cambia la pregunta:
¿Cuánto de la capacidad sanitaria de Chocó está realmente disponible
cuando el territorio deja de funcionar como siempre?
El terremoto nos dejó algunas pistas
En los días posteriores al sismo hubo afectaciones en las comunicaciones, en la
energía y en el acceso a comunidades. La propia respuesta institucional encontró
dificultades para consolidar información en algunos territorios.
En San José del Palmar, por ejemplo, la Defensoría del Pueblo reportó más de
veinte derrumbes, dificultades para llegar a comunidades rurales y problemas de
conectividad. En otros puntos del departamento, las fallas de comunicación
dificultaron incluso conocer oportunamente qué estaba ocurriendo.
Y aquí aparece una pregunta que casi nunca hacemos:
¿Qué capacidad se pierde cuando se pierde una conexión?
Porque una llamada que no entra no parece una emergencia. Una lancha que no sale tampoco. Una carretera cerrada puede parecer un problema de transporte.
Pero juntas pueden significar que alguien tarde más en recibir atención.Y en una
emergencia, ese “más tarde” puede ser precisamente lo importante.Por eso hay
algo que deberíamos empezar a mirar de otra manera:
la distancia en Chocó no siempre se mide en kilómetros.
A veces se mide en tiempo. Disponibilidad de transporte. En combustible. En
señal. En posibilidad de movilización. En si existe o no una segunda ruta. Eso
significa que una comunidad puede aparecer como cubierta en un mapa y, sin
embargo, quedar mucho más lejos de la atención cuando una de las condiciones
que hacen posible ese acceso falla.
El propio modelo de salud rural del país reconoce que acercar los servicios a las
comunidades apartadas no depende únicamente de tener un puesto de salud.
También requiere comunicaciones, transporte y modos de traslado adaptados albterritorio, incluidos los fluviales, marítimos, terrestres y aéreos.
En Chocó esto no es un detalle. Es parte de la atención.Y ahí aparece una
palabra que pocas veces usamos cuando hablamos de salud:alternativa.
¿Qué pasa si la vía principal falla? ¿Qué pasa si no hay una embarcación
disponible? ¿Qué pasa si se pierde la comunicación? ¿Qué pasa si el servicio máscercano no puede funcionar? ¿Qué otra opción queda?
Porque tener una segunda opción no es un lujo.En una emergencia puede ser
la diferencia entre esperar y ser atendido. El terremoto mostró algo más.
En Chocó, la respuesta no depende únicamente de las instituciones. También
depende de redes territoriales que muchas veces resultan decisivas: personas que conocen las rutas, comunidades que organizan traslados, quienes facilitan
un transporte, consiguen combustible, prestan un motor o logran establecer una
comunicación cuando las vías habituales fallan.
Eso también es capacidad de respuesta. Solo que casi nunca aparece en un
inventario.
No aparece como una cama.No aparece como una ambulancia. No aparece como
una infraestructura habilitada.
Pero puede ser parte de lo que permite que una persona llegue hasta esa cama
o esa ambulancia. Entonces vale la pena hacernos una pregunta todavía más
difícil:
¿Cuánto de la capacidad de Chocó para proteger la vida depende de
capacidades que nunca hemos medido?
Tal vez el terremoto no nos mostró simplemente que un sistema funciona o que no funciona. Tal vez nos mostró algo más interesante:
que todavía no sabemos cómo medir la capacidad real de un territorio
cuando la normalidad desaparece.
Porque una cosa es responder al primer impacto. Otra es responder cuando llega
el segundo. Y otra muy diferente es responder cuando el primero todavía no ha terminado y aparece algo más.Ahí es donde se conoce realmente el margen de
un territorio. No cuando todo está disponible. Sino cuando algo empieza a
faltar.
Por eso, después del 10 de agosto, quizá deberíamos dejar de preguntar
únicamente cuántos servicios tiene Chocó.
Deberíamos preguntarnos:
¿Cuántos siguen siendo accesibles cuando algo falla?
¿Para quién?
¿Durante cuánto tiempo?
Y, sobre todo:
¿Qué pasa cuando falla también la alternativa?
El terremoto no nos dio todas las respuestas. Pero sí nos dejó una oportunidad que sería un error desperdiciar: mirar el territorio de una manera diferente.Porque proteger una vida no empieza cuando el paciente entra al hospital. Puede empezar muchos kilómetros antes.
En una carretera.En un río.En una llamada.En un motor.En una comunidad.En una ruta que todavía funciona. Y también puede terminar ahí.
El 10 de agosto no nos permitió conocer el límite de respuesta de Chocó. Nos
permitió descubrir que todavía no sabemos dónde está ese límite. Ybquizás esa sea la pregunta que deberíamos responder antes de que llegue la próxima emergencia.
Porque la próxima vez, sí puede ser diferente.
Por Lyanne Becerra
Enfermera | Especialista en Salud Pública | Magíster en Gobierno, Políticas
Públicas y Desarrollo Territorial
[Artículo]
Fuentes consultadas
Servicio Geológico Colombiano. (2026). El Servicio Geológico Colombiano
actualiza la información sobre el sismo ocurrido en San José del Palmar, Chocó.
Comisión de Regulación de Comunicaciones. (2026). Ya está establecido el
94,7% de los sitios móviles afectados el día del sismo.
Ministerio de Salud y Protección Social. (2026). Plan Nacional de Salud Rural.
Organización Panamericana de la Salud. (2026). Informe de situación 5:
Colombia – Terremoto agosto 2026.
Superintendencia de Servicios Públicos Domiciliarios. (2026). Avanza el
restablecimiento de los servicios de agua y energía en los departamentos más
afectados del país.
Defensoría del Pueblo. (2026). Defensoría del Pueblo verifica afectaciones por el
terremoto en San José del Palmar, Chocó.
Departamento Nacional de Planeación. (2026). Documento CONPES 4196.







