La excursión folclórica que en 1959 recorrio el Chocó y grabó más de ochenta canciones y aires de danza representativos de la música tradicional y del folclore literario de esa olvidada e inolvidable comarca colombiana.
El Tiempo 8 de octubre 1959
La supervivencia de la música y de la poesía espaňola del siglo de oro en el Chocó, es un hecho que suscita apasionantes reflexiones.
Foto : Miembros de la Comisión Folclórica en Quibdó, después de una grabación con el conjunto tipico «Ecos de Tamaná».
Por Andrés Pardo Tovar
En coordinación con la Radiotelevisora Nacional y el Instituto Colombiano de Antropologia, el «Centro de estudios
folclóricos y musicales» del Conservatorio Nacional realizó en la primera quincena de octubre de 1959 una excursión al departamento del Chocó, durante la cual se recogieron más de ochenta canciones y aires de danza representativos de la música tradicional y del folclore literario de esa olvidada e inolvidable comarca colombiana.
Este material documental grabado y en parte transcrito ya en notación musical comienza a ser objeto de estudio y análisis, con vista a una serie de publicaciones ilustradas que la Universidad Nacional de Colombia editar próximamente. Además, las muestras más interesantes del folclore chocoano se presentarán en una serie de programas de la Radiodifusora Nacional, serie que habrá de iniciarse a comienzos del año entrante.
A más de las grabaciones y transcripciones realizadas, se adquirieron varios instrumentos tipicos, destinados al futuro museo de organologia del Conservatorio Nacional, y se filmaron y fotografiaron centenares de motivos y aspectos ambientales que complementan gráficamente el material sonoro recogido por la comisión en su recorrido por el alto Atrato, el Istmo de San Pablo, el alto San Juan y la región del alto Capá (rios Mumbaradó y Guachiradó), donde se recogió una melodia aborigen interpretada por un indio anciano en su «flauta de carrizo», instrumento que también fue adquirido como pieza documental muy valiosa.

La comisión folclórica que viajó al Chocó estuvo integrada así: por el Conservatorio Nacional de Música, Fabio González
Zuleta, Jesús Pinzón, Horacio Gallego y
Andrés Pardo Tovar; por el Instituto Colombiano de Antropologia, Rogerio Velásquez y José María Enriquez Girón, y por la Radiotelevisora Nacional, Guillermo Diaz.
Y el trabajo se organizó fácilmente: el maestro González Zuleta, director del Conservatorio Nacional, y el señor Jesús Pinzón, alumno avanzado del mismo instituto, se encargaron de las transcripciones musicales: Horacio Gallego, otro alumno adelantado del mismo Conservatorio, y Andrés Pardo Tovar, de las fichas organográficas;
Guillermo Diaz, técnico en sonido, de las
grabaciones: J. M. Enríquez Girón, de las
filmaciones y fotografías; el profesor Rogerio Velásquez, de la asesoria y de las relaciones públicas, y Pardo Tovar de las fichas coreográficas, del diario de la excursión y de la dirección general de la misma.
EL FOLCLOR CHOCOANO
El de las regiones visitadas presenta caracteristicas, realmente interesantes. Cabria,desde luego, diferenciar netamente el repertorio cantado del instrumental. Dentro del primero, posee excepcional interés el ritual de los «velorios»: romances, alabados y salves que se entonan por los asistentes en estilo antifonial. Una mujer, anciana por lo general, inicia el canto, respondiéndole en coro los demás. El carácter de estas «oraciones cantadas». de un acusado arcaismo,recuerda a la vez las inflexiones modales del canto llano y las fórmulas melismáticas del «cante jondo». Además, las respuestas coreadas se realizan polifonalmente, en intervalos paralelos de cuartas o de quintas, a la manera del «organum» medioeval.

Cabria anotar que estos repertorios musicales varian de acuerdo con el tipo de «velorio» que se esté celebrando: velorio «de muerto», velorio «de niño» (quali) o velorio «de santo» (alumbramiento). Nada más emocionante que el ambiente que vivió la comisión en uno de estos velorios, presidido por Dominga Palacios, negra nonagenaria, y celebrado en Quibdó la noche del sábado 3 de octubre de 1959.
La agrupación chocoana tipica, por lo que dice a la música instrumental, es la
«chirimia», integrada por uno o dos clarinetes, un fliscorno baritono, una «lambora», un redoblante y un par de platillos de hierro, de fabricación local.
Resulta muy curiosa, y muy explicable, la presencia de instrumentos cultos de procedencia europea en estos conjuntos típicos: en el Chocó existieron varias bandas de músicos, la primera de las cuales se creó hace aproximadamente unos cuarenta años. De tales agrupaciones tomaron los nativos los instrumentos con que reemplazaron a las antiguas «flautas de carrizo». El repertorio de estos conjuntos es esencialmente bailable y ofrece un evidente interés ritmo dinámico: asi la «jota», en que alternan partes en ritmo binario y partes en ritmo ternario;el «maquerule», de carácter ancestral e intención erótica; el «aguabajo», ritmo o tonada campesina de origen vocal y carácter frecuentemente descriptivo o imitativo; la «polca» y la «contradanza», versiones locales de aires de muy clara ascendencia europea, al igual que la «jota», etc.
Mucho podria escribirse respecto a las versiones coreográficas de estos aires típicos: en Condoto, la comisión asistió a un baile popular en que hubo actuaciones espontáneas realmente sensacionales, tanto individuales como de conjunto.
La música criolla propiamente dicha, de
indudable procedencia andina, y por lo tanto, foránea, tiene también muchos cultivadores, especialmente en Quibdó, donde se han organizado grupos de instrumentos de cuerdas que coinciden, por su formación y por su repertorio (pasillos, bambucos, «danzas», pasodobles, etc.), con las clásicas estudiantinas de la época de Morales Pino.
Así los conjuntos dirigidos por Abraham
Rentería y Eduardo Coutin, quienes en forma generosa y espontánea contribuyeron a las tareas de la comisión, al igual que otros músicos nativos, entre los que recordamos a Pedro León Hinestrosa, Crescenciano Valencia y Oscar Salamandra, de Quibdó, y al flautista Rogerio Domínguez «El Nato»de Condoto.
ESPAÑA EN AMERICA
La supervivencia de la música y de la
poesía españolas del Siglo de Oro, en el
Chocó, es un hecho que suscita apasionantes reflexiones. Se trata de un vasto repertorio en que se conserva la temática del romancero, y muchas de las estructuras poéticas de la España clásica: el romance, la copla, la redondilla, la décima, el villancicos y la letrilla.
En el velorio a que asistimos en Quibdó, intervino un célebre «decimero» o declamador negro Manuel Mosquera Cossio, quien al igual que varias de las ancianas que actuaron esa noche, trova «a lo divino» y «a lo humano». Una de sus «loas» al Santísimo Sacramento nos dio la sensación de estar escuchando un auto sacramental del siglo XVI, no sólo por su castiza versificación, sino por el simbolismo de las imágenes poéticas.
Es claro, desde luego, que estas supervivencias de la música y de la poesía del Renacimiento Español han sido profundamente modificadas a lo largo de un proceso de transmisión oral que abarca muchas generaciones. En esta impregnación de elementos nativos, en esta adaptación de la temática y de las formas de la poesía peninsular clásica al ambiente, al costumbrismo y a la psicología negra, reside precisamente el apasionante interés de un vasto sector del folclor chocoano.
Podría afirmarse qué el cancionero tradicional del Chocó fluye de tres fuentes originarias, por lo que dice a su aspecto musical: a) el canto llano o gregoriano; b) el cante jondo y la música popular andaluza de antaño, y c) los cancioneros populares castellano, leonés y asturiano de los siglos XVI y XVII. Esto último puede comprobarse fácilmente, estudiando las melodías con que todavía se cantan los romances tradicionales en la región del Baudó, una de las comarcas chocoana donde mejor se conserva, incontaminada y fiel, la tradición clásica española.
DOS FOLCLORISTAS NATIVAS
En la capital del Chocó, la comisión
contó con la invaluable colaboración de Teresa Martínez de Varela Restrepo, escritora y poetisa que posee un profundo conocimiento del folclor de su tierra, por ella compilado en una obra inédita «Acuarelas del Chocó», verdadero tesoro de datos y transcripciones documentales que la autora tuvo a bien confiarnos y que nos proponemos editar, contando para ello con la comprensión de las directivas de la Universidad Nacional, del Instituto Colombiano de Antropologia o de alguna de las entidades que en Colombia todavía se preocupan por el conocimiento de nuestra propia realidad humana. Doña Teresa cantó varias de las poesías tradicionales por ella compiladas en
su libro: las respectivas grabaciones cons-
tituyen un invaluable material de estudio
por la autenticidad de las versiones interpretativas.
De regreso de Condoto, Andagoya e Istmina, y cuando la comisión se encontraba en Yuto, disponiéndose a remontar nuevamente el Atrato, rumbo a Lloró, se nos presentó una distinguida muchacha de tipo gitano y personalidad atrayente y simpática.
Sabía ya de nuestra misión y en forma graciosa y espontánea se ofreció a colaborar con nosotros. Así conocimos a Francia Oliva Vega, originaria de la región del Baudó,quien conserva de memoria el repertorio de romances tradicionales que cantaba su madre. Francia Oliva, dueña de una muy hermosa voz natural, esperó en Quibdó nuestro regreso, e interpretó, en una de las últimas sesiones de grabación efectuadas en la capital chocoana, tres de esos admirable romances: «Se levanta un corderillo», «Una niña en palacio» y «Catalina, Catalina». Esta vez, letra y música nos transportaron a los reinos de Asturias, de Castilla y de León, en un viaje retrospectivo de cuatrocientos años.
CANCIONES DE CUNA, VILLANCICOS Y
ROMANCES
Desvinculados de su expresión musical,
los textos poéticos que a continuación se
transcriben pierden, desde luego, mucho de su maravillosa eficacia evocadora. Pero son indices que demuestran, de una parte, labclara ascendencia española de los aspectos más interesantes del folclor chocoano, y debotra, el admirable sentido de adaptación anónima y colectiva que ha convertido esos textos venerables en vivo reflejo del pai-saje y de la idiosincrasia regional. El primero es la letra de un arroró, interpretado por la comisión por doña Teresa de Varela Restrepo:
que venga el coco,
que venga acá.
Este niño lindo
se quiere dormi
y el picaro sueño
no quiere vení.
Canta la gallina
responde el capón:
¡Malhaya la casa
donde no hay varón!
El pato cucharo
se fue para arriba;
dejó la patica
bregando la vida.
El pato cucharo
se fue para abajo;
dejó la patica
pasando trabajo.
Este niño lindo
de Juana Bacoa,
no tiene palanca
ni tiene canoa.
Yo le daré una,
yo le daré dos,
le dicen la Virgen
vel Niñito Dios…
Al repertorio tradicional de la Navidad
chocoana pertenece el siguiente villancico,
que figura en la citada obra de doña Tere-
sa, y que la compiladora también interpre-
tó musicalmente:
San José tendió la cama
con flores de Alejandría
pa que durmiera su esposa,
la purisima Maria.
En el portal de Belén
entre pajita muy fria,
ha nacido el Niño Dió,
hijo amaro de Maria.
San José taba celoso
por la preñez de Maria
y en el vientre de la madre
el Niño se sonreía.
En el cielo hay una silla
llenita de prendería:
la que jizo el Niño Dió
para su madre Maria..
Sobraría insistir en la admirable adaptación ambiental y costumbrista realizada en el texto anterior con base en un conocido villancico clásico.
El romance «Catalina, Catalina», estró-
lico y pautado por un sugestivo estribillo,
encuentra su inmediato antecedente en dos romances novelescos de Asturias, inspirados en el tema de la ausencia. Los que figuran, precisamente, en la selección hecha por Luis Santullano y publicada por Aguilar en uno de los volúmenes de la colección «Joya» (páginas 1.246 a 1.248 de la edición de 1934).
Su interpretación musical,por Francia Oliva Vega, es una de las piezas documentales más valiosas entre todas las que pudieron compilarse durante la excursión folclórica al Chocó:
Catalina, Catalina,
la del quinto ginovés:
mañana me voy pa Francia;
¿qué mandás o qué querés?
Ay los platillos
y la tambora!
¿Qué es lo que dicen?
Señor, lo que ques.
Una carta tengo escrita
que a mi marido la das:
que su Catalina lo ama
y que cuándo ha de volver.
Ay, los platillos, etc.
Mi señora Catalina:
su marido no lo hallé.
Por la noticia que da,
mi marido muerto es.
Ay, los platillos, etc.
No lo permita mi Dios,
ni mi padre San José,
que si mi marido ha muerto
de monja me meteré.
Ay, los platillos, etc.
Tres hijos varones tengo
que al rey se los entregaré;
tres hijas mujeres tengo,
a monjas las meteré.
Ay, los platillos, etc.
Mujer como Catalina
no la habido, ni la habrá:
cien año (s) esperó al marido
y otro (s) cien lo aguardará.
UN MENSAJE CORDIAL
Vaya en busca de los amigos que facilitaron nuestra labor en el Chocó y a quienes no podremos ya olvidar. Y no sólo de los artistas nativos ya mencionados, sino también de funcionarios tan comprensivos como el doctor Benjamín Ferrer, gobernador del Chocó; don Senén Mosquera, administrador de hacienda nacional y músico meritorio, y los alcaldes de Condoto y de Lloró, señores Isaac Sánchez Paláu y Abigail Arriaga Vivas.Ya habrá oportunidad para volver sobre muchos otros aspectos de la realidad folclórica y humana del Chocó, y para evocar las siluetas cordiales de nuestros amigos y colaboradores de esa riquísima, lejanany olvidada comarca colombiana. Entre los cuales hubiéramos querido que figurar a un antiguo discípulo nuéstro, alumno que fue hace muchos años del Conservatorio Nacional de Música: Antero Agualimpia,afortunado cantor de su tierra, hoy errante por los rumbos de los ríos de las selvas y en trance de ascender al plano de la leyenda, en forma semejante a ese fluvial suitán negro cuya erótica fortuna inspira un recién nacido cantar chocoano: El rey del río».
Imposible, de otra parte, olvidar que en
el profesor Rogerio Velásquez, investigador chocoano adscrito al Instituto Colombiano de Antropologia, tuvo la comisión folclórica un guía y un asesor invaluable. Per-sonalmente, el autor de estas líneas le es deudor de muchas de las claves humanas y emocionales que le han permitido comenzar a captar los aspectos más entrañables de ese núcleo racial colombiano, que «ama, sufre y espera», como diría Gallegos
Bogotá, 28 de octubre de 1959.







