En la comunidad indígena de Biakirude, una tierra donde el canto de los pájaros parecía sincronizarse con la alegría de sus habitantes, vivía un hombre llamado Lucindo Undagama. Era un padre de cuatro hijos y un compañero de vida entregad a su familia. Para él, no existía mayor riqueza que ver a sus hijos crecer entre montañas y ríos, libres, soñadores y orgullosos de su cultura.
Uno de sus hijos acariciaba el sueño de convertirse en un gran acordeonero, con el corazón afinado al ritmo de la esperanza. Otro moldeaba el mundo con sus manos artesano, y los dos menores destacaban por su dedicación a los estudios. La gente de Biakirude decía que esta familia era la encarnación viva de la felicidad: sencilla, trabajadora y unida como las raíces del yarumo.
¡Pero la dicha no siempre es eterna!
En el año 2021, la primera herida se abrió. Erlin Undagama, hermano de Lucindo,fue asesinado en el municipio del Alto Baudó, por el mismo grupo armado que luego cambiaría sus vidas para siempre: las AGC (Auto defensa Gaitanista de Colombia).
Desde ese momento, la familia Undagama quedó marcada. El miedo comenzó a rodarlos como un animal hambriento.
Una mañana cualquiera, mientras Lucindo empacaba manchas en su canasta,recordando la sonrisa de sus hijos al ver el alimento fresco, seis hombres encapuchados emergieron del monte. Le apuntaron con armas largas. “Tienen que abandonar la comunidad. Si no lo hacen, matamos a toda tu familia”. La selva se volvió muda. El corazón de Lucindo se quebró como una calabaza seca. Con lágrimas que sabían a impotencia.
No era una amenaza cualquiera. También había sido señalado falsamente por un compañero indígena, integrante del grupo armado. La traición venía de cerca, y eso dolía más que las balas.
Con el alma hecha cenizas, Lucindo cargó su familia y se desplazaron a la ciudad de Quibdó. Llegaron sin nada, ni casa, ni comida ni orientación y con el miedo como único equipaje. En sus ojos se veía la tristeza de quien ha dejado atrás la tierra que lo vio nacer. Pero el destino, aún conmovido los reconoció y les ofreció un lugar donde quedarse. Un líder comunitario, conocido por Lucindo les ofreció su casa como refugio.
Mi padre fue ese líder.
“Yo viví en carne propia su dolor. Vi como dormían abrazando sus recuerdos. Comían con silencio, miraban por la ventana con el alma vacía, vivían encerrados, temiendo que cualquier sombra los delatara. El miedo era tan grande que no se atrevían ni a salir a comprar pan. Y, sin embargo, lucharon”.
El joven acordeonero no soltaba su instrumento. En las madrugadas, tocaba melodías que parecían llorar por su tierra. El artesano moldeaba figuras que contaban historias de su hogar perdido. Verlos resistir así… me partía el alma. Ellos no hablaban mucho, pero su tristeza se metía en los huesos.

Su historia era una herida abierta en el pecho de quienes los conocimos. “El sonido de notas que tocaba Junior aún lo tengo presente. Y cada vez que lo recuerdo, se me forma un nudo en la garganta”. Tres meses después, los líderes locales lograron establecer contacto con los mismos hombres que habían sembrado el terror. Tras varios intentos, se llegó a un supuesto acuerdo: Les prometieron que podían regresar a la comunidad sin problema. Al escuchar esta noticia, Lucindo y su familia sintieron una chispa de esperanza. Brincaban de felicidad, con el corazón lleno de ilusiones por volver a pisar su tierra, abrazar su cultura y reencontrarse con sus raíces.
Pero no sabían que el destino ya les había tendido una emboscada. No era un acuerdo. era una trampa. una vil traición. Confiado, Lucindo volvió a Biakirude con su familia. Se despidió de mi padre con gratitud. “Les voy a mandar un racimo de plátano como agradecimiento”, dijo con una sonrisa que parecía renacer. Pero el racimo nunca llegó.
El primero en caer fue el hijo acordeonero, Junior. Una tarde de febrero de 2022,salió de colegio rumbo a su clase de música, con su acordeón sobre las piernas en una buseta.Dos sicarios en motos se acercaron y dispararon. Cayó herido, abrazando con fuerza su acordeón. Como si buscara protegerlo con su último aliento. Fue trasladado al Hospital San Francisco de Asís, donde murió. El acordeón no volvió a sonar.
Luego, en agosto del mismo año, la tragedia se completó, Lucindo, ya de regreso para su comunidad, fue asesinado. Había confiado en una promesa rota. Lo esperaban no con abrazos, sino con balas.
“Escuchar esta noticia no fue nada fácil para nosotros. El corazón se me detuvo por segundos. Era como si el aire de la ciudad se volviera veneno. Había regresado con esperanza… y lo recibieron con la muerte”.
Sus hijos, por segunda vez, volvieron desplazados a Quibdó. Esta vez sin padre, sin hermano, sin sueños. Aun hoy, todo sigue en la impunidad. No hay culpables, no hay justicia, no hay reparación. Solo hay una tristeza sorda que sigue caminando con ellos.
A veces me pregunto: ¿qué más tiene que pasar para que nuestras lágrimas valgan algo? ¿Cuántos muertos hacen falta para que las promesas se cumplan? ¿Cuántos silencios más tienen que gritar para que alguien escuche?
Me duele que en el Chocó no haya justicia. Me duele que en esta tierra las víctimas sean olvidadas y los culpables caminen libres. Porque mientras los asesinos siguen su camino, nosotros seguimos tocando canciones con el alma rota, enterrando a los nuestros en la memoria… y resistiendo con cada nota que aún nos queda.
Por: Pedro Andrés Queragama Arce
Estudiante Comunicación Social y Periodismo UTCH
29/04/2025







