Por : Gonzalo Diaz Cañadas
Redacción Manduco IA
El Hudson Institute y la visión de Herman Kahn
El origen del proyecto hay que buscarlo en el Hudson Institute, el influyente centro de pensamiento fundado en 1961 por Herman Kahn en Nueva York. Kahn y sus colegas del Hudson Institute tenían una de sus ideas más megalómanas: crear un océano interior en medio de Sudamérica como primer paso para conseguir conectar, mediante ríos navegables, lagos y mares artificiales, el Atlántico con el Pacífico. Durante 15 años, el Hudson Institute apoyó ese empeño hasta fracasar en su intento de llevarlo a cabo.
El hombre encargado de hacer realidad esa visión fue Robert Panero, un ingeniero vinculado al instituto cuya esposa era colombiana — según algunas fuentes, el único vínculo real que tenía con América del Sur. Panero no era precisamente ingeniero titulado, por no haber concluido el curso de formación, pero tenía ideas calificadas por sus contemporáneos como megalómanas y delirantes. El proyecto no visaría exclusivamente un país sino que pasaría por Colombia, Venezuela, Perú, Brasil y Bolivia.
El Proyecto Chocó: dos lagos artificiales y un canal interoceánico

En el caso específico del Chocó, cuando el Instituto Hudson de Nueva York presentó al Gobierno Nacional el anteproyecto del Canal de los Lagos y de las Hidroeléctricas del Atrato y del San Juan, la represa del lago del Atrato de 29 km era el eje central de la intervención.

La ingeniería propuesta era descomunal. La construcción de una vía interoceánica a través del Valle Central del Chocó implicaba represar los ríos Atrato y San Juan a una elevación de 30 metros sobre el nivel del mar, con una interconexión de los dos grandes lagos así formados mediante un canal de navegación en la zona del Istmo de San Pablo, y la construcción de esclusas y canales para permitir el acceso a los lagos desde el Atlántico y el Pacífico. La obra hubiera permitido el tráfico de buques de más de 20.000 toneladas.
Los detalles de ingeniería eran precisos: en el trayecto comprendido entre el Golfo de Urabá y el dique del Atrato se abriría un canal de 100 metros de ancho por 12 de profundidad, con una longitud de cerca de 56 km. Entre los dos lagos se interpondría el Istmo de San Pablo, zona cuyo tope más alto quedaría situado a solo 70 metros sobre el nivel de aquellos, donde se construiría un canal a nivel de los lagos, de unos 56 km, con 12 metros de profundidad y 100 de ancho. l
El antecedente histórico: una idea con siglos de historia
La propuesta no nacía de la nada. En la década de 1850, la ruta Atrato-San Juan era una de las más estudiadas para conectar ambos océanos. El río Atrato desemboca en el Caribe, mientras que el río San Juan llega hasta el Pacífico. Las cabeceras de ambos ríos están cercanas, y ya en 1788 el párroco Gabriel Arrachategui había creado junto a sus feligreses el Canal de Raspadura, un canal artesanal de dos metros de ancho que unía ambas cuencas, permitiendo el paso de canoas entre ellas.
Incluso en 1852, el ingeniero norteamericano Trautwine exploró detalladamente la región. Su propuesta se recoge en el texto «Rouge notes of an exploration for an inter-oceanic canal route by way of the rivers Atrato and San Juan, in New Granada, South America», publicado en Filadelfia en 1854, y abarca una gran área desde el Darién panameño hasta el sur del Chocó, localizando probables rutas. Sin embargo, ya entonces el coste estimado de 325 millones de dólares hacía la propuesta económicamente inviable.
La respuesta institucional de Colombia: la creación de CODECHOCÓ
La llegada del informe de Panero coincidió con un momento de institucionalización del desarrollo regional chocoano. La Corporación Nacional para el Desarrollo del Chocó, «Codechocó», fue creada por decreto ley 760 de mayo 22 de 1968, firmado por el presidente Carlos Lleras Restrepo, como un organismo adscrito a Planeación Nacional, encaminado a impulsar el desarrollo regional y la construcción de obras de infraestructura en una región con los más bajos niveles de calidad de vida del país.
En los primeros años, siendo su presidente el doctor Mauricio Obregón, esta entidad se ocupó de estudiar la posibilidad de construir un canal multinacional que aprovechara los ríos Atrato, en Colombia, y Tuyra, en Panamá. También hizo estudios sobre otro proyecto canalítico que incluía la formación de dos grandes lagos, en el San Juan y en el Atrato, para su aprovechamiento en la generación de energía eléctrica, sugerido por el Instituto Hudson de Estados Unidos.
Los argumentos del proyecto: desarrollo y geopolítica de la Guerra Fría
La propuesta de Panero no se presentaba como un capricho ingenieril, sino como una estrategia de desarrollo continental. Panero concluía que las ventajas obtenidas por los países directamente implicados en el proyecto compensarían los costos de su ejecución en la proporción de 20 a 1. El proyecto de los Grandes Lagos, más allá de abrir una ruta fluvial continua de dimensiones continentales, estimularía el comercio entre los complejos industriales de Buenos Aires, Montevideo y São Paulo y los productores de materia prima del norte y el oeste (Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia), el surgimiento de nuevas actividades productivas en el campo energético, maderero y petrolero, la masiva ocupación poblacional en torno a nuevos centros comerciales, y la exploración mineral en áreas hasta entonces inaccesibles.

El contexto era la Guerra Fría y la obsesión estadounidense por el control geoestratégico de América del Sur. La conexión interoceánica competiría directamente con el Canal de Panamá y abriría enormes territorios a la explotación de recursos.
El derrumbe del proyecto: costos, escala y rechazo político
La propuesta colapsó bajo su propio peso. Con las modificaciones introducidas para ajustarlas a la realidad — que incluían pasar de seis lagos a más de cuarenta — el costo se disparó. Países como Brasil comenzaron a ver a Panero como el enemigo: en el nuevo proyecto del ingeniero del Hudson Institute, Brasil se vería obligada a rehacer todo su sistema de carreteras, al tener que inundar gran parte de ellas. La prensa local reaccionó de manera hostil, con teorías sobre las intenciones reales del proyecto.
A los costos desbordados se sumaban los impactos ambientales y sociales inasumibles: inundar el Valle del Atrato y el San Juan habría significado la destrucción de uno de los ecosistemas más biodiversos del planeta. El Chocó biogeográfico abarca 187.400 kilómetros desde el norte de Ecuador hasta Panamá, donde viven dos millones de personas y habitan dos mil especies de fauna y flora endémicas que solo se encuentran en esa región. Las comunidades afrodescendientes e indígenas asentadas en las riberas de ambos ríos habrían sido desplazadas masivamente sin ningún mecanismo de compensación o consulta.
La vigencia del debate: el río Atrato como sujeto de derechos
La historia posterior del Atrato ilustra cuán acertado fue rechazar el proyecto. En 2015, un grupo de organizaciones afrocolombianas e indígenas y la ONG Tierra Digna presentaron una acción de tutela, demandando al gobierno colombiano por no detener la minería ilegal y la degradación de la cuenca del Atrato. Los residentes dependen del río para cocinar, limpiar, preparar alimentos, recreación y transporte; es su única fuente de agua y una parte fundamental de su territorio y vida cotidiana. La Corte Constitucional respondió con la histórica Sentencia T-622 de 2016, que declaró al río Atrato sujeto de derechos — la primera vez que un río obtuvo ese reconocimiento en Colombia.
El «Proyecto Chocó» del Hudson Institute representa uno de los episodios más reveladores de cómo la tecnocracia desarrollista de la Guerra Fría miraba a América Latina: como un territorio vacío a transformar, sin comunidades, sin ecosistemas insustituibles, sin historia propia. La misma región que Panero quería inundar es hoy reconocida como uno de los hotspots de biodiversidad más importantes del planeta, y sus ríos — el Atrato y el San Juan — como arterias de vida para comunidades que los habitan desde hace siglos. Que el proyecto haya sido archivado no fue solo una decisión técnica: fue también, aunque no siempre de forma consciente, un acto de preservación de una de las memorias vivas más ricas de Colombia.







