La historia de superación de Cruz Nury Mosquera Asprilla Por: Ana Isabel Cardona Hurtado

En Istmina, un pueblo atravesado por el río San Juan y rodeado de selva húmeda, el tiempo no transcurre con prisa. Es un lugar donde el agua lo conecta todo: la vida, la muerte, los nacimientos y las despedidas. Y fue justamente en ese río, un domingo 26 de mayo del año 2002, donde Cruz Nury Mosquera Asprilla vio cambiar su destino para siempre.

Aquella tarde, como tantas otras, la señora Cruz Nury se dirigió rápidamente al río para lavar ropa ajena, bajo el sol espeso del mediodía que caía sobre su espalda como una carga adicional. Lavaba por encargo; camisas, sábanas y pantalones con fuerza, como si cada prenda representara una deuda por saldar, un plato de comida más en la mesa de sus hijos. Esa era su manera de ganarse el sustento de vida.

Después de varias horas, cuando sus manos comenzaban a arrugarse, la señora Cruz Nury culminó su lavor y decidió sumergirse en el agua para refrescarse. Se permitió ese pequeño lujo: flotar, aunque fuera por unos minutos, en el mismo río que tantas veces le había ofrecido consuelo. Fue entonces, sin advertencia, que una lancha a toda velocidad se aproximó a las orillas del San Juan. El conductor no se percató de que alguien nadaba cerca. En un instante, el motor de la lancha impactó su pierna derecha.

El estruendo del metal contra la carne, el agua salpicando violentamente, los gritos desgarrados y luego, el silencio seco del dolor. Su cuerpo quedó a la deriva, como una rama más llevada por la corriente. Pero su espíritu, incluso en ese momento de shock, miedo y agonía, se aferró a la orilla con la misma tenacidad con la que años más tarde sostendría la vida de sus hijos.

“Sentí que la vida se me iba, pero al mismo tiempo pensé en mis hijos… no podía dejarme vencer”, recuerda Cruz Nury, con la mirada fija en el horizonte.

Las heridas fueron profundas. El daño a su pierna fue irreversible. Los médicos hablaron de movilidad reducida, de terapias costosas, de una vida distinta. Pero Cruz Nury, madre de tres niños —Karen, Marlon y Orlenis—, entendió que no podía darse el lujo de rendirse. El hospital no ofrecía promesas, pero su instinto maternal sí. Con una valentía que no se aprende en libros, sino que se forja en la necesidad diaria, tomó sus cicatrices como condecoraciones de guerra y decidió que ninguna desgracia la iba a apartar del deber de criar, alimentar y educar a sus hijos.

“Mi mamá es una guerrera. Nunca dejó que la viéramos llorar, aunque sabíamos que sufría”, cuenta Karen, su hija mayor, quien con apenas ocho años comenzó a asumir tareas que no le correspondían, como aprender a preparar arroz o bañar a sus hermanos, e incluso a vender rifas y chances como su madre.

La vida no le ofreció grandes facilidades. No hubo indemnización ni ayudas estatales. Los únicos recursos fueron su fe, su empeño, y la solidaridad silenciosa de quienes la conocían. Cruz Nury tejió su propio sendero, uno hecho de pequeñas tareas cotidianas: vendió rifas, chance, ropa, mercancía que traía en bolsas plásticas colgadas del brazo. Lavó ajeno cuando el cuerpo se lo permitía. Tocó puertas con una voz suave pero firme, ofreció números de suerte, repartió sonrisas entre vecinos que admiraban sin decirlo en voz alta la dignidad con la que ella llevaba su lucha.

Pronto, su nombre se convirtió en sinónimo de suerte. En tres ocasiones especialmente memorables —2017, 2019 y 2022— Cruz Nury vendió la rifa ganadora del gran premio de la lotería local. Cada vez, los afortunados beneficiarios no olvidaron el rostro amable detrás del número que les cambió la vida. En un gesto de gratitud que no es obligatorio, pero sí profundamente humano, le entregaron a Cruz Nury un pequeño porcentaje del premio. No fueron sumas exorbitantes, pero para ella representaron una bendición inesperada.

“Cuando vendí la del 2017, la ganadora me dio doscientos mil pesos. Me dijo que no era mucho, pero que era de corazón, y yo lo sentí así”, recuerda con una sonrisa suave. En 2019, un comerciante del pueblo le ofreció el cinco por ciento del premio.

No fue la suerte lo que tocó a Cruz Nury en esos años, sino la ley de la reciprocidad: cosechó lo que sembró en años de constancia, humildad y servicio. Porque cuando ella ofrece un número, lo hace con una sonrisa, con una palabra de aliento, y con la fe de quien sabe que todo puede cambiar de un momento a otro —como le cambió a ella aquel domingo, pero también como volvió a cambiar con cada venta ganadora

. Y así, con los años, se convirtió en la vendedora oficial de la rifa Eliecer. Veinte años han pasado desde entonces, y en tres oportunidades, Cruz Nury ha vendido el premio mayor. Para algunos es coincidencia; para otros, un talento; pero para los que conocen su historia, es un símbolo: ella representa la esperanza que se resiste a desaparecer, incluso cuando la vida lanza sus golpes más duros.

“Yo no vendo solo números. Yo vendo esperanza. La misma que me ha mantenido viva todo este tiempo”, dice con una sonrisa tímida.

Istmina la conoce. Los niños la saludan en las esquinas con un “¡Hola, doña Cruz!”, los adultos la respetan, y los afortunados que han ganado con sus rifas aún recuerdan con cariño el día que su suerte cambió en manos de una mujer que, un día, también cambió su destino con coraje.

Hoy, Cruz Nury no se detiene. A pesar del paso del tiempo, de las dolencias que no se anuncian pero se sienten, sigue caminando o más bien navegando la vida como lo ha hecho siempre: con la rifa en la mano, la mirada firme y el corazón dispuesto. Su historia no es solo un testimonio de superación, sino una leyenda viva que circula entre las aguas del San Juan, donde el río quiso arrebatarle el futuro, pero ella decidió recuperarlo con cada paso, con cada venta, con cada hijo criado con amor.

Porque hay quienes sobreviven. Y hay quienes, como Cruz Nury, renacen

*Estudiante Comunicación Social y Periodismo UTCH

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