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Cachamas en el Atrato: la especie invasora que reconfigura en silencio el equilibrio del río. Por :Gonzalo Díaz Cañadas

La cachama el rey del río Atrato (Foto tomada Facebook).

En el Chocó, muchos problemas ambientales crecen en silencio. Se les mira de reojo, se normalizan, se dejan en manos del tiempo y del destino, mientras se espera que, cuando la crisis estalle, sea el Gobierno nacional quien cargue con todas las culpas. Así ha ocurrido con la presencia masiva de la cachama en el río Atrato, una situación que hoy plantea serios interrogantes sobre el futuro ecológico del principal afluente del departamento, declarado en 2016 como sujeto de derechos.

La historia comenzó hace más de una década, cuando más de 15 mil cachamas escaparon de un estanque privado en el sector de Cabí, en Quibdó. Allí se desarrollaba uno de los primeros y más ambiciosos experimentos de piscicultura en la región. Las intensas lluvias, las crecientes y la fuerza de las quebradas facilitaron que estos peces fueran arrastrados hasta el Atrato. Con el tiempo, episodios similares se repitieron en otros estanques, principalmente con cachamas y tilapias, especies introducidas que terminaron asentándose y reproduciéndose de manera acelerada en el río.

Hoy, la cachama es una presencia dominante en el Atrato. Su pesca se ha convertido en una actividad cotidiana para muchos pescadores artesanales, que utilizan cabezas de gallina como carnada y logran capturas de ejemplares gigantes, algunos de hasta 35, 50 e incluso 80 kilos. El pez se ha dispersado a lo largo de todo el cauce y ha llegado a las ciénagas y humedales, consideradas verdaderas “salas cuna” de la vida acuática del Chocó.

Sin embargo, más allá del asombro que generan sus dimensiones, la preocupación central radica en el impacto ecológico de una especie considerada invasora y potencialmente depredadora. Hasta el momento, no se conocen estudios públicos y concluyentes sobre los efectos de la cachama y la tilapia en la fauna nativa del Atrato, pese a que pescadores y comunidades ribereñas advierten una disminución evidente de especies tradicionales.

Para algunos expertos y líderes comunitarios, la situación ya se desbordó. La reducción de la subienda del bocachico —pilar de la seguridad alimentaria de las comunidades del Atrato y del vecino río San Juan— es una de las señales más alarmantes. A ello se suma la casi desaparición de peces emblemáticos como el guacuco, el corroma, la boquiancha o el beringo, que ya no se observan ni se pescan con la abundancia de décadas atrás.

En la dieta alimentaria de los chocoanos

En medio de esta escasez, la explicación más recurrente apunta al cambio climático. Si bien este fenómeno afecta de manera real al Atrato, las comunidades insisten en que no puede ser la única causa. El río soporta desde hace años una fuerte presión por actividades antrópicas, especialmente la minería ilegal, que ha deteriorado su salud ambiental y lo ha convertido en una de las principales despensas auríferas del país, a costa de altos niveles de contaminación, incluido el mercurio.

Paradójicamente, mientras al Atrato le llueven millones de pesos para procesos de descontaminación y restauración ecológica, el impacto íctico de la proliferación de especies invasoras parece quedar oculto bajo sus aguas amarillentas. Hoy, el pez de mayor peso y tamaño del río es la cachama, convertida en una suerte de “rey” silencioso del ecosistema, sin que ello despierte una respuesta proporcional por parte de las autoridades ambientales o una preocupación colectiva de los habitantes de la cuenca.

La piscicultura, vale decirlo, es una técnica valiosa y con enorme potencial económico para el Chocó. Desarrollada de manera responsable, podría convertirse en una alternativa productiva clave para la región. No obstante, la experiencia del Atrato deja una lección clara: sin controles, estudios de impacto y planes de manejo adecuados, las soluciones económicas pueden transformarse en nuevos problemas ambientales.

¿Qué pasará con el río Atrato, que recorre cerca de 750 kilómetros desde su nacimiento hasta su desembocadura y carga ya con múltiples heridas? Por ahora, la pregunta parece no inquietar lo suficiente. El Atrato resiste, como si fuera ese “gran león dormido” del que hablaba el poeta Carlos Mazo: poderoso, vital, pero cada vez más presionado. La cachama es apenas uno de los síntomas de un desequilibrio mayor que sigue creciendo, mientras el silencio se impone sobre la urgencia de actuar.

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