De Alfonso Salazar y sus «Guabinadas». Por: Américo Murillo Londoño “Mis memorias

«Guabina» rodeado por los amigos de la Yescagrande, Alberto Bechara, Mariano Moreno, entre otros.

Quibdó, junio 25 de de 2026

Alfonso Salazar Perea, más conocido por la comunidad Quibdoseña como “Guabina”, se ufanaba de haber aprendido sus primeras letras en la Citolegia y decir eso de una persona en tiempos pasados, era sinónimo de ser un versado. La Citolegia, fue una cartilla utilizada en el siglo XIX y a principios del siglo XX, que ilustraba a los docentes para enseñarle a los alumnos, lectoescritura con palabras o frases completas sin necesidad de deletrear, vale decir, indicando el nombre de cada letra del abecedario, uniendo consonantes con vocales o viceversa, de izquierda a derecha para formar una palabra. La Citolegia posteriormente fue remplazada por la Cartilla Mágica, y sucesivamente por la Alegría de Leer, Cartilla Charry, Nacho lee, Coquito, etc.
“Guabina” era de estatura normal, tenía voz nasal, tórax sobresaliente, por eso le decían pecho de lata, le gustaba el trago y a temprana edad se convirtió en un fumador de tabaco, vivió siempre en el barrio Yescagrande, pero decía que había nacido en la “península de Chambacú” (sector del mismo barrio); tuvo como oficio el arreglar sombrillas y paraguas, pero inicialmente trabajó como portero vigilante en la sede de la antigua Cooperativa de Maestros del Chocó, que en alguna ocasión funcionó en la Carrera Tercera, con Yesca grande (4 esquina) en la parte baja de la casa de la Familia Ferrer, frente al edificio 8 pisos.
Ese relativo contacto de Alfonso Salazar con los maestros, incidió para que aquel, creyéndose importante y letrado, utilizara una combinación de términos inexactos o disímiles a su verdadero significado y cuando se rodeó de unos amigos, estudiantes del Colegio Carrasquilla y otros de la Escuela Normal de Varones de Quibdó, su vocabulario se enredó más de la cuenta y hacía referencia a la “Anatomía de Baldor”. Para “Guabina” los veterinarios eran unos simples “mediquillos de perros”; también decía que las personas mulatas y el murciélago eran seres vivientes “bifurcos e indefinidos” dado que el mulato, no era blanco ni negro y por su parte el murciélago no era ave, pero si un animal volátil (de volar) que era un mamífero, pero no un animal terrestre.

Motilado con el corte al estilo de Carlos Lleras Restrepo.


Guabina para referirse a una mujer que no era beneficiaria de sus afectos, decía de ella, que era ”dama de cuplé, mujer de cabaret”. También para decir que alguien era despreciable, el calificativo era “piltrafa humana”. Otra palabra de sus favoritas era ”putrefacto”. Guabina tenía como vecino y con grandes diferencias, a un zapatero de nombre Juan; porque éste, para que Guabina escuchara, pujaba en forma sonora, siempre que le llegaba una cliente para el arreglo de una sombrilla; hasta que una mañana Guabina, había amanecido de atrás para adelante, y ante la llegada de una señora con un paraguas para reparación la correspondiente pujada del zapatero, Guabina pasó de su local a la zapatería y le gritó con furia a Juan: “de qué pujas zapaterito h.p. mi trabajó es más noble que el tuyo, los paraguas y sombrillas que yo arreglo, los purifica el aguacero y el sol los despercude; mientras que los zapatos mal olientes que arreglas que han pisado hasta excremento, te tienen el cerebro destartalado además de tanto “uelé pecueca”.
Sus amigos del barrio, una vez convencieron a Guabina. para que llevara y ondeara la bandera de la Yescagrande, en las fiestas de San pacho, en su día clásico; también lo indujeron para que pronunciara un discurso en el velorio del mecánico Mardonio Quejada y Guabina en frente a su féretro expresó las siguientes palabras: “Sabéis quien es este? Era mi amigo, y mirando el cadáver le dijo, te acuerdas cuando arreglábamos las llantas de los carros y de las carretas de paisas “piltraferos”, ahora por desgracia yaces muerto”.
Los amigos de Guabina generalmente los viernes en las horas de la tarde, hacían presencia en la tienda cantina “La Sonora” cuyo propietario era Ricardo Rodríguez Perea, su pariente y vecino, donde inevitablemente aparecía Guabina, a quien le gustaba la música Cubana y particularmente de la Sonora Matancera. No era necesario que Guabina tomara muchos tragos para ponerse eufórico y en ese estado daba rienda suelta a su verborrea, propia de los rasgos de su personalidad y después se ponía a bailar en plena calle, ante la mirada curiosa de los transeúntes, que no dudaban en tildarlo de deschavetado.

Con los amigos, vecinos de la Yescagrande que gozaban con las irreverencias impertinencias de «Guabina «, todo un personaje típico de esta «Loca»lidad.


Vale anotar, que para Guabina su político y gobernante predilecto era Carlos Lleras Restrepo, tanto que en una ocasión en medio de una rasca, permitió que lo motilaran, dejándole una calva como la del Dr. Lleras. De otra parte es del caso anotar que una de sus canciones favoritas y le gustaba cantar era El Canto de mi Bohío, interpretada por Guillermo Portabales. Para Guabina los habitantes del barrio La Yesquita eran unos “asarrapíos” y “malvenidos” a la Yescagrande y una ofensa grande para quien lo contradecía en sus afirmaciones, era decirle: ”fokin vaina negro cumbasá”.
Alfonso Salazar Perea, nació en Quibdó un 2 de agosto de 1929, sus padres fueron Silvino Salazar y María Victorina “Taína” Perea. Silvino tenía como oficio empañetar o pañetar las paredes de palma, de las antiguas casas de madera, con una mezcla de boñiga de vaca con un barro fino que dejaba en la orilla la creciente del Río Atrato, que posteriormente se blanqueaban con cal o carburo, utilizando para ello una brocha o hisopo elaborada con fibra de damagua. Alfonso tenía un hermano, de nombre Jesús, le decían “focano” y una hermana de nombre Ana. Al papá de Guabina lo apodaban Silvino “rumbo”, debido a que la tela de casi todas sus camisas y pantalones, tenían rotos cubiertos con unos parches o rumbos de diferentes colores.
La compañera permanente de Guabina fue Helena Martínez, con quien tuvo tres hijos varones y una mujer, de nombres: Eduardo, Jorge, Franklin Delano Roosevelt y María Petronila. Falleció en febrero de 1982, en Quibdó, sus honras fúnebres fueron organizadas y costeadas por sus amigos del Barrio Yescagrande y fue uno de los primeros sepelios en llevar acompañamiento de una Chirimía.
Considero pertinente anotar, que para recordar las “guabinadas” de Alfonso, el escritor Carlos Arturo Caicedo Licona, escribió un libro “El testamento de Guabina”y el insigne poeta Máguel A. Caicedo Mena, le compuso un poema vernáculo.

Bailando en las calles de Quibdó.

Créditos: Ricardo Rodríguez, Alberto Bechara (Fotografías), Retoque fotográfico Luis Alfonso Orozco

Comparte este artículo

Deja un comentario