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MANO PELE, CHUSPA AL SUELO“Del Timbo al Tambo como el corazón de Diego Luis”. Por :Odín Sánchez Montes de Oca

Yo escuché por primera vez el nombre de Diego Luis Córdoba, el 1o. de Mayo de 1964, un día en que ya caía la tarde y llegó a la finca La Esperanza -sueño y vida de Rafael y Luz mis padres, ubicada en las goteras del corregimiento de Samurindó, para la época municipio de Quibdó, hoy jurisdicción de Atrato-, el señor José Lorenzo Bejarano Benítez “José Libre”, padre de Jesús Alirio, Efrén, José Lorenzo, Delcin y “Maia” Bejarano Pinilla; casi que un hermano para mi padre, quien había viajado desde Quibdó en una de las lanchas -transporte de la época en el trayecto Quibdó/Yuto/Quibdó por el Atrato-, cuyos propietarios eran: Francisco Moreno “Pacho Lancha” -padre de los y las Moreno de la Loma de San Judas- y Espíritu Santos Mena, natural de “Llorópolis” como le decía el reverendo padre español “Basilio de Beovides” a la cabecera municipal de Lloró. José Libre llegó hasta la casa algo eufórico y le dice a mi padre: “Rafael, me sirven un plato de Birimbí y les cuento una chiva”; degustada la deliciosa colada, José Libre procedió a largar la ansiada información, la que resultó ser ni más ni menos que, la luctuosa e inesperada noticia del fallecimiento de Diego Luis en Ciudad de México, la que en Colombia y Quibdó se había regado como pólvora y cuyo corazón según nos cuentan ha rodado del Timbo al Tambo por mucho tiempo, de la Alcaldía de Quibdó a la Catedral, o del despacho de la Gobernación a aquella, y a las misas que se oficiaban con ocasión de sus aniversarios, presididos por sus familiares o herederos cuando quiera que les ha tocado gobernar, refiriéndome a Diego su hijo, a Esaú Becerra -primo-, a sus sobrinos o parientes los Halaby, Esteban Caicedo, o su nieto Carlos Escobar cuando ejerció como alcalde, y me imagino que continuará su “Bisnieta” Nubia Carolina, que le metió ese embuste a María Jimena Duzán y a Paola Herrera, porque su Bisabuelo es Ricaurte, papá de Nubia Córdoba y de Emigdio su abuelo. Imperdonable lapsus -como el de Piedad Córdoba-, para recordar que la vena política les viene de su bisabuelo y abuelo respectivamente; ahora sin corazón a bordo, porque cuentan que, en el gobierno de Julio Ibarguen, a un secretario le dio por botarlo por un tobogán porque le aburría ver esa urna con esa “tripa” en el despacho, expresión que han referido boca-oreja con el paso del tiempo.

Diego Luis Córdoba joven, en su nombre siguen viviendo


Yo no recuerdo cuando trajeron el corazón del negro más importante que ha parido el país a Quibdó, si viajó en su cuerpo desde México hacia acá, o si antes o después de ser sepultado en el Cementerio Central de Bogotá lo separaron, o lo exhumaron y lo sometieron a un tratamiento para conservarlo y traerlo a Quibdó, porque tuve la experiencia y puedo dar fe que, en los finales de los años 70, a mí me tocó traer el cadáver de una parienta desde Bogotá y la Secretaría de Salud Distrital no aceptó que la trajéramos con todo y sus vísceras como lo hacen hoy, que hasta las cenizas las traen después de la incineración del cadáver, entonces a uno lo asalta la duda y se pregunta ¿Cómo hicieron para traerlo a Colombia?. Claro que, siempre ha existido el tráfico de influencias y Diego Luis era y será siempre Diego Luis. De ahí para acá, no sé qué sucedió con el corazón de Diego Luis, hasta que, para la época de los 80, para su mantenimiento se contrataba a través de una especie de “Mínimas” de hoy, en vísperas del aniversario de su muerte a Lucia Córdoba, hermana media del gran Diego Luis, quien le cambiaba el formol o sustancia que lo conservaba, limpiaba la urna dejándola lista para la misa, que se celebraba los 1o. de Mayo. Entre el 93 y 95, siendo alcalde Carlos Escobar y Eccehomo Moreno Cuesta presidente del Concejo, al que asistíamos, y durante una tempestad, se ha caído la urna de la repisa en la que permanecía detrás del estrado de la Mesa Directiva, rodando por el recinto, en ese momento haciendo gala de su irreverencia, el Concejal Iván Jacob González exclama: “Recojan esa vaina y métanlo al despacho que el alcalde es su nieto”; también recuerdo que, entre 1995 y 1997, su otro nieto, Pedro Nel Escoba Córdoba “Piter”, cuando fungíamos como diputados, se esmeró por proponerle a la Asamblea, la construcción de un Mausoleo para depositar allí su corazón para que, como decía el también Diputado Emberá-Waunan Euclides Peña Ismare: “Voto si, para que por fin descanse en paz el alma bendita de Diego Luis Córdoba”.
Sin embargo, la iniciativa no prosperó porque continuó el peregrinaje por varios despachos, estuvo en el despacho de Arnobio, y al llegar Patrocinio lo trasladaron al de William Halaby en la Gobernación, donde permaneció parte del periodo del profesor Julio Ibarguen, hasta que, un secretario aburrido le dio por lanzarlo por el tobogán de la basura y lo desapareció. Las expresiones con las que quiso borrarlo infructuosamente de la historia, cual más despectiva, por lo que no contribuiremos en este escrito a intentar desdibujar su imagen, pues, por lo grande que ha sido, jamás lo lograremos.
Yo le había perdido el rastro al tema hasta que, en un memorable discurso de su hijo en la UTCH, con ocasión de la celebración de los 49 años de su fundación y descubrimiento de su busto, manifestó no saber de la suerte de su corazón, pero sí del aprovechamiento de este, por algunos dirigentes para a través de ritos en algunos ríos conseguir votos, o para enriquecerse aprovechándose de su nombre; si lo dijo su hijo, mal podríamos relatar a los lectores, que en alguna ocasión, al llegar al Corregimiento de Altagracia, vendiendo la candidatura a la Alcaldía de Quibdó del amigo Gustavo Trujillo Rumié, nos decía el amigo Reynaldo Rodríguez, hermano del profesor Juancito Rodríguez que, en la noche durante una reunión de militantes Cordobistas, de la sombra humana que salía de una sábana blanca, alumbrada por algunos velones se escuchaba la arenga de alguien que decía ser el ilustre hombre, invitando a votar por el candidato negro y no por el paisa, quien por supuesto que, era el quibdoseño Gustavo Trujillo, nacido y criado en Quibdó, hijo de la profesora chocoana Ezilda Rumié de Trujillo, posteriormente propietario de una ferretería junto al Arquitecto Alejo Garces -situada en la Carrera 1ra frente o diagonal al Convento- y Secretario de Hacienda de Franklin Mosquera Montoya.
No puedo terminar este relato sobre el presunto recorrido del corazón de Diego Luis, sin comentar sobre las sesiones que sobre la vida y obra del gran dirigente sosteníamos con Diomedes Londoño, Feliz Etereo Cuesta y Tiberio Perea, en el segundo piso de la residencia que fue de la familia Rivas Lara en el Barrio Roma, al lado de la familia Valencia Mosquera -del difunto César Valencia-; para mí, fue de estos excelentes profesionales -miembros del Centro de Estudios-, que yo conocí sobre el Ideario Cordobista, a quienes yo llamaba el “Cordobismo científico”, por supuesto que, nada que ver con Los Embilletados, que se olvidaron de las ideas y se dedicaron a lo que sabemos -no sé si a este grupo perteneció Rafael Perea Chalá-; también recuerdo que en alguna ocasión, les traje a los 3 fallecidos, unas conferencias de Derecho Romano, cátedra que dictaba el Dr. Diego Luis Córdoba en las Universidades Nacional y Libre de Colombia, documento que, en fotocopias me había regalado el Abogado Gerardo Bonilla, quien tuvo oficina de abogado en la carrera 6a, entre calle 10 y 11 cerca a la Facultad de Contaduría de la Libre, gran amigo de Diego Luis y de Adolfo Balanta, quien vestía de negro, corbatín y sombrero, al estilo del Poeta Ando Aguilar. Muchas anécdotas me contó el abogado caucano, las que por falta de espacio compartiré en próximos escritos.
PDTA: Yo también estoy de acuerdo con la constituyente, para que se reforme la justicia, se termine con el perverso Sistema Acusatorio Oral, se cree una instancia que castigue ejemplarmente a fiscales y jueces patrocinadores de la impunidad rampante, pues no es justo que se roben los remanentes y recursos de los pensionados con la complicidad de algunos de estos funcionarios y no pase nada.
Atentamente,
Odín Sánchez Montes de Oca

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