Lo que el país ignora y jamás ha querido entender,está escrito en este libro que perdurará como testimonio de un pueblo explotado y ausente de la patria.
Por : Antonio J Arango
Periódico Frente Chocoano marzo 1972
La presencia de Arnoldo Palacios en la literatura nacional conduce al debate, no generacional, sino del compromiso del escritor con las docencias que generan la vida y constituyen la base humana y exclusiva de nuestro pueblo.
La reimpresión de «LAS ESTRELLAS SON NEGRAS» pone de presente la vigencia de los problemas que son carnadura de la obra. El Chocó, esa zona marginada, abismal y desconocida, aparece en el libro tallado con la maestría de quien también hace parte del lodo viviente que se pudre de silencio a la orilla de los ríos selváticos, o agoniza de pian,fiebre y abandono en la profunda soledad de la selva hasta donde no llegan ni el tiempo, ni Dios, ni las mentiras oficiales
Raza que parece tiznada por la oscuridad del Génesis,es la que habita en los confines de la patria. Hasta el idioma es tartajo, cortado, inconcluso como la vida de quienes la defienden en sórdida batalla, peleando con la muerte, a manera de salvajes por el milagro del instinto.
No es un escritor, ornamental, ni hace parte del clan colonialista que nos presenta como reducidores del idioma,inauténticos, vanos y porosos. Su estilo es directo, bronco,sin el maquillaje idiomático de los estetas que hacen del hambre una entelequia y del barro un bronce griego.

Hay páginas donde las palabras tienen huesos porque se siente el traquido de los músculos como reventando chamizas cuando viaja el nativo por los ríos, pasajes hábilmente logrados donde los personajes se confunden con el hedor de las cosas que se pudren de silencio en los esteros o los sacude el frío precursor de la fiebre.
El Chocó suena como un tambor en la noche africana de la esclavitud. Desfila por su obra ríos silenciosos que denuncian la densidad de sus profundas aguas, pueblos lacustres parados sobre débiles estantillos que semejan piernas clavadas en el lodo.
Lo que el país ignora y jamás ha querido entender,está escrito en este libro que perdurará como testimonio de un pueblo explotado y ausente de la patria. Testimonio de la rapiña son la Chocó Pacífico y similares; el platino y el oro, las dragas que rastrillan las uñas metálicas sobre el lomo negro de la tierra y dejan al nativo apostado en el rancho acariciando el hambre y la superstición.
Lo que aportaron los abuelos, lo que pudo escapar al azote negrero de los cómitres, se halla intacto, vivo en la hechicería y en las viejas leyendas que hacen del Chocó el asiento del más rico folclor mulato de la América. Pero Arnoldo Palacios no puede figurar al lado de quienes escriben a la manera francesa y menos de esa ramplonería españolizante, de los que no han salido del coloniaje de las letras.
Hay demasiada vida en su obra, tiene la pasión y el fuego de quienes escriben con furor, porque están plasmando su propia imagen. Trabaja con el barro de que están hechas las gentes de su raza; es un grito y una acusación y debe pasar inadvertido como pasan las cosas que afean la morada de quienes tienen por encargo social escribir para el goce casero de los poderosos. O’Flaherrty enjuició la hipócrita mision de los criticos a sueldo: «El escritor sincera ha de ser leal al impulso que le hace escribir, y si su mundo es feo, que lo rehagan los criticos de manera que se les pueda dar novelas tan lindas como sus gustos».
Mientras el Chocó sea un depósito de sombras; mientras los únicos caminos «las carreteras sin polvo» de sus ríos;mientras el pian y la tuberculosis los únicos emisarios de la civilización a los confines de la selva, se escribirán libros de rostro duro, porque la vida es astrosa, porque no es posible desterrar las dolencias con un canto. El escritor denuncia y la huella de su palabra queda aferrada al grito que perdurara como testimonio de su compromiso con su tiempo, con su generación y con su pueblo.Lo que se lleva en la sangre no es necesario constatarlo.
Por eso «LAS ESTRELLAN SON NEGRAS» se reeditaron en la forma inicial, porque los problemas endémicos crecen y crecen, pero el origen está denunciado con ardor, cuán domiró el firmamento y comprendió que la luz negra de los planetas era la única claridad que les llegaba desde el cielo. El libro es de ayer y de hoy.
Arnoldo pudo ser el Irra que figura en la obra o el hijo del barquero que lanza el cayuco sobre el nervioso lomo del Atrato. Para él las estrellas no le han dado la luz de los fulgores nocturnos; ha sido la noche, la eterna noche del oprobio y de los sacrificios lo que le ha enseñado a ver en las tinieblas, como hijo de una comarca donde «LAS ESTRELLAS SON NEGRAS» y el dolor blanco, porque lo llevan los blancos con el señuelo de que van a urbanizar la vida de quienes están diseminados en la selva y se roban el oro, el platino, laI madera; cuanto poseen y aún más; porque el despojo penetra hasta sus mitos.
Para los críticos ocasionales encargados de servir de censores en las modestas editoriales del país, el estilo de Arnoldo Palacios es intemporal, porque no está en la «Onda» y las nuevas generaciones no entienden, no podrían entender la denuncia formulada por quien lleva en la sangre todo el ultraje, todo el dolor y todo el silencio de una raza marginada. Ignorar el hambre de las gentes que agonizando de hambre, es la más piadosa y radical solución a sus problemas. De allí el hecho heróico de la «COLECCION POPU-LIBRO», donde al parecer no existe el crítico vanidoso que se metió a censor de lo que no es ni podrá ser: un escritor
Tienen los lectores colombianos un libro visceral y hermoso por las dolencias que denuncia, por la autenticidad de los relatos, porque en él está el rostro negro de una tierra que pudo ser nuestra para la economía y lo es apenas para el pais político.