DE DON FULANO DE TAL, A DESPLAZADO Por Yesid Francisco Perea Mosquera

Ilustrado con una gran fotografía, un famoso historiador destacaba cómo, lo que hoy estamos viendo en materia de migraciones a nivel mundial, se queda corto frente a lo acontecido en la década de los sesenta, tal vez, significando con ello lo antiguo de este fenómeno, del cual hoy no somos ajenos, incluso en nuestro querido departamento. Esta situación no es nueva, no es reciente; siempre han existido intereses por la tierra, por las riquezas; se han presentado ataques por el sexo, la religión, la cultura, la política, incluso, generados también por la misma naturaleza. Las condiciones climáticas son causantes de muchos desplazamientos, porque detrás de ellas, normalmente viene el hambre y las necesidades; no en vano aquellas reuniones del G-20 en la búsqueda de compromisos para detener el cambio climático y sus implicaciones. Lástima que con esos líderes esté siempre presente la hipocresía y el propósito permanente de privilegiar sus propios intereses, más que el de la comunidad en general.

Pero, quiero referirme a los casos más puntuales, más próximos, a los que nos toca el alma diariamente no solo en nuestro país, sino, especialmente, en nuestra comarca. El fenómeno en mención, en el caso de Colombia y del Chocó, se ha presentado básicamente, por situaciones de carácter económico; la finca bien tenida a base de esfuerzo propio, de la familia; el lago aquel con el que puedo regar el hato ganadero, ese terreno es especial para sembrar la palma africana, necesito atravesar por este corredor apropiado para narcotraficar. Son insumos para hacer desplazar a los propietarios legítimos de predios, utilizando para ello el poder de las armas, el amedrentamiento, la amenaza; y entonces, de un momento a otro, esa persona que fue objeto de reconocimiento por espacio de toda una vida, se convierte en un desarraigado de la noche a la mañana. Él, que fuera el centro de atención en su comunidad por estar siempre atento para brindar una ayuda, una orientación, una voz de aliento, por ser el dueño de la tienda en donde se conseguía la comida con o sin plata, pasa a convertirse, de un momento a otro, en un menesteroso; creo que eso debe ser de lo peor que le puede suceder a un ser humano bondadoso, trabajador, honesto.

Cuando ello acontece, y ocurre a cada rato lastimosamente, esa persona acostumbrada a brillar para darle luz a tantos otros, se encuentra de pronto en otra ciudad, en otro Municipio, lugares en donde no se los conoce y de contera, se los estigmatiza como desplazados, con sus propias implicaciones. Lo primero que aparece es la desconfianza hacia esa persona y su familia, pues existe la creencia que son delincuentes; tal vez usted, amigo lector, se ha encontrado con algunas personas ofreciéndole su capacidad laboral para limpiar un patio, para rozar un terreno, para cavar una zanja, cuando antes, en su pueblo, esa persona pudo ser el más importante habitante, no tanto por sus posibilidades económicas, sino más bien, por su capacidad de servicio. Tiene que ser muy complicado asumir ese nuevo rol, tragándose el orgullo, la altivez y lo que usted quiera agregar, para recibir a cambio, desconfianzas, desprecios y estigmatizaciones.

Mientras quien funge como jefe de familia está recibiendo toda clase de desprecio, en la casa quedan los hijos en número de entre tres y cinco, esperando el regreso del papá o la mamá para conseguir, tal vez, la primera y única comida del día; a veces aparece la comida pero hay otras ocasiones en las cuales el esfuerzo no rindió sus frutos y entonces el hambre brota en forma de lágrimas, y los recuerdos y comparaciones entre su antigua vida y la de ahora, afloran con rabia y malos pensamientos; y también esas frustraciones brotan en forma de torrentes salados, a través de sus mejillas. Esas situaciones se convierten en “justificaciones” para engrosar las listas delincuenciales, y la razón o excusa, básicamente, es para conseguir llevar comida a sus familias; por eso resulta de suma importancia ofrecerles oportunidades de vida a estas personas, no ignorarlos ni tratarlos como si fueran cualquier cosa; recuerden que en tiempos no muy lejanos fueron Don fulano de tal o Doña fulana.

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