EL MOVIMIIENTO SOCIAL AFROCOLOMBIANO EN LA ENCRUCIJADA “Los negrólogos y el privilegio blanco” Por :RAFAEL PERFEACHALÁ ALUMÁ

RAFAEL PERFEACHALÁ ALUMÁ

RAFAEL PERFEACHALÁ ALUMÁ

INTRODUCCIÓN

Pese a que alaridos destemplados osaron afirmar que “entre el cimarronismo y la ley setenta de 1993 no pasó nada” en la historia de los afrocolombianos, tamaña afirmación acrítica y antihistórica revela el afán de posicionamiento de ciertos liderazgos surgidos del período cercano a la preconstituyente.

Según la reflexión del abogado y luchador social Víctor Manuel García Ayala y de otros, las necesidades del capital financiero internacional fueron las que impulsaron nuevas constituciones o reformas parecidas a la de Colombia en relación con los grupos étnicos, poseedores de abundantes territorios ricos en recursos bióticos y eventualmente energéticos fósiles y/o hidráulicos, los cuales no contaban con indicadores sociales y económicos confiables. Por tener la condición de  “baldíos nacionales” (según la ley segunda de 1959), la banca no quería invertir en obras de infraestructura en territorios donde todo era nebuloso, sin “seguridad jurídica”, y las burguesías “nacionales” presurosas se dedicaron a hacer la tarea. Curiosamente, de universidades de la élite colombiana como la del Rosario, de súbito surgió el movimiento “la séptima papeleta”, que condujo a la creación de la  Constitución de 1991, la cual, si bien es garantista, abrió las compuertas al modelo económico neoliberal. Evidentemente, los pueblos lucharon para cambiar la constitución centralista, cristiana, hispanófila, conservadora y santanderista de 1886.

Para el caso afro no pretendo discutir a profundidad, por cuestiones de tiempo y espacio, los bandos en los que estamos divididos frente a la Carta Magna del 91. Simplemente señalaré los polos extremos frente al instrumento legal. Un sector lo forman los apologistas de la tajadita que nos tocó, la ley 70 de 1993. El hermano Harah Olof Ilele la califica como “el estatuto de los negros”, la cual solo hay que desarrollar para que los afros salgamos del hueco en que nos encontramos. En la otra orilla se encuentran los negacionistas, que nada bueno ven en ella. Por mi parte no estoy con ninguno al 100%. El análisis optimista carece de un examen riguroso de la historia del cómo se arribó a la susodicha ley, donde los intereses extraños están de bulto; como tampoco se miró el que la mayoría de la población afrocolombiana es modernamente urbana y por eso para los citadinos no hay desarrollos que los reivindiquen. Frente a los negacionistas, pienso que si bien la ley nos saca de la condición de ser elementos del paisaje, nos convierte solo en guardabosques, es decir poseemos la tenencia, más no somos los dueños del territorio; además de que no establece instrumentos para que podemos desarrollar nuestra economía, ni recursos financieros para avanzar en el desarrollo de tecnologías ambientales que nos permitan usufructuar el ambiente en donde nos desenvolvemos. Si no es así, ¿por qué el IIAP es el más pobre de los institutos ambientales, y por qué hay otras instituciones como el Humboldt que tienen injerencia sobre su jurisdicción?

Pueden salir con las ‘santandereanidades’ que quieran, pero las reivindicaciones del pueblo afroamericano de Colombia sobrepasan las normas contenidas en la citada ley. Pero allí se nos va el tiempo, porque con los optimistas al igual que con los negacionistas hay un diálogo de sordos.

LA CUESTIÓN AFROAMERICANA DE COLOMBIA HOY

En la ley setenta del 93 poco faltó para que los lineamientos de la banca multilateral dijeran quién nos representaría. Por ello aparecieron una serie de liderazgos improvisados e incluso de personas que anteriormente negaban la validez de la lucha por los derechos étnicos. Algunas de esas personas escalaron hasta el parlamento, ministerios, alcaldías, han buscado gobernaciones, concejos, diputaciones. Ahora el boom es la carrera diplomática y la académica, donde ejecutan saltos mortales que un saltimbanqui envidiaría.

Es de todos conocido que en cuanto llegan las ofertas institucionales públicas o privadas, se abren las compuertas para cosas que cambian la historia de grupos, y de los movimientos sociales. Del que heredamos de Diego Luis Córdoba, Sofonías Yacup, Cinesio Mina, Sabas Casamance (Casarán), Natanael Díaz, Marino Viveros, Rogerio Velázquez Murillo, Arnoldo Palacios Mosquera, Teresa Martínez De Varela, Ana Tulia Olaya (Manato), Aureliano Perea Aluma,…,  que era romántico e ingenuo, queda muy poco. Nada parecido al multicefálico y polimórfico del siglo XXI. Explicable por las complejidades que trae consigo la modernidad, pero es un movimiento sin norte, carcomido por la corrupción y la superposición de los intereses particulares a los de grupo.

EL MOVIMIENTO SOCIAL AFROCOLOMBIANO EN LA ACADEMIA

El movimiento social afroamericano de Colombia en la academia, se enfrenta a poderes institucionales que gozan del llamado ‘privilegio blanco’. Se trata de espacios de acceso casi imposible para el grueso de los investigadores afros, a los que nos han puesto la identidad y la inteligencia en la piel. Cuando nos toca “competir” con los académicos socialmente reconocidos como ‘blancos’, además de las desventajas histórico – sociales existentes, prima el privilegio de los que no perteneciendo a nuestro grupo se han conferido el derecho de ser quienes nos estudien y quienes impongan el discurso sobre nosotros. Con el poder institucional crecen cada vez más sus publicaciones, su prestigio, y su ventaja comparativa frente a investigadores afrodiaspóricos.

RAFAEL PERFEACHALÁ ALUMÁ ANTROPOLOGO

Ellos son a los que se les ha llamado ‘negrólogos’, denominación aceptada por uno de estos, el antropólogo Eduardo Restrepo, cuando en un evento público dijo que los ‘negros éramos su objeto de estudio’ y cuando se le preguntó que si entonces él era ‘negrólogo’, dijo que sí. De ahí viene este término que en los últimos tiempos ha vuelto a circular por redes en un artículo que se me atribuye, pero del que no soy autor, como algunos de ustedes saben el artículo lo escribe el antropólogo Jesús Grueso Zúñiga.

Al privilegio blanco del que gozan no es tan fácil darle la vuelta pues es una cuestión estructural, pero el problema se agrava cuando esos investigadores, que se alzan como voces expertas o autorizadas sobre nosotros, son legitimadas por algunos representantes de nuestra misma comunidad. Desafortunadamente la poca fortaleza ética de ciertos líderes nuestros a quienes los ‘blancos’ ya les conocen el bajito, y mediante la oferta de turismo académico, publicaciones de ensayos, artículos y libros, donde usando el conocido Et al les ofrecen “llevarlos” para que aparezcan como investigadores o al menos como coinvestigadores, hunde cada vez más a la academia afrocolombiana.

Hasta aúlicos a nuestro interior poseen, tanto, que sé que después de este artículo muchos se me vendrán lanza en ristre. Ésos son los mismos que, en un típico cuadro fanoniano, ahora tienen encumbrado como el gran intelectual de la afroamericanística a Eduardo Restrepo, el que no honra el paradigma antropológico que reza que hay que respetar la decisión de los pueblos de llamarse como bien lo deseen. Entre nosotros hay bastantes autoetnónimos propuestos: ‘renacientes’, ‘africanoamericano’, ‘afroamericano’, etc.; y Exónimos como ‘pardo’, ‘moreno’  y el perverso ‘negro’, que viniendo desde afuera de nuestro mundo, digan lo que digan son maneras de llamarnos estigmatizadamente. Restrepo, quién se autoreconoce como “blanco”, instalado en su privilegio, decide cómo llamarnos, porque sabe que su irrespeto goza de impunidad pues él tiene como clientelizar.

Pero si los estudios antropológicos establecen que cuando yo hablo de mi cultura mi discurso es émico; cuando diserto sobre otra cultura en cambio se denomina ético (es el deber ser); y cuando me refiero a un pueblo perteneciente a mi cultura pero del cual no soy nativo, aplico el discurso némico, es decir con ética y desde adentro.

¿Acaso hay que recordarles que quienes nos consideran simplemente sus “objetos de estudio”, aducen en sus eventos que “no tenemos masa crítica” y “no tenemos nivel académico”? ¿Qué ética hay allí? Ellos son el saber, y mientras lo permitamos, siempre seguiremos siendo sus objetos, no sujetos, ¡ése es el subtexto que hay aquí!

Esto no es nuevo en nuestro movimiento social. Así, dirigentes nuestros vendieron intereses colectivos en el antiguo INCODER, firmando actas que negaban tierras ancestrales para dejárselas a los intereses del mercado capitalista que controla al Urabá. Otros, se dejaron seducir por becas en el extranjero a sabiendas que no se dieron competencias entre nosotros, sino que se trató de una relación clientelar donde “el privilegio blanco” se introdujo con sus propios planes. La burocracia conoce qué pasa con las consultas previas (¿recuerdan a Vargas Lleras?). Colombia es el cuarto país más corrupto del mundo, y ahora, para los socialmente reconocidos como blancos, los afros somos los campeones de la corrupción y es, gracias a estos personajes, que con nosotros limpian el piso. ¿Por qué no hay respuesta nuestra? Los ‘ejecutivos de la identidad’ siguen viviendo de la fórmula, como decimos en el Caribe: “hueso para los perros,… toda la carne pa’mi”.

Los pueblos del mundo establecen condiciones para que los investigadores apliquen en sus territorios y comunidades. Estos instrumentos (llamados protocolos por los abogados), buscan defender el conocimiento propio, la transferencia de saberes, la selección de homólogos escogidos por el pueblo garante de sus intereses, el que los resultados de la investigación sean socializados en la comunidad anfitriona; en el caso de los antropólogos deben entregar una copia del cuaderno de campo, y otras condiciones más. Para el territorio del IIAP se invirtió durante la dirección del Dr. Bismarck Chaverra Rojas una fuerte suma para que todas las organizaciones rurales firmaran el protocolo. Al centro estaba (o está porque sigue vigente) que el proyecto fuera benéfico para la comunidad. Pregúntense cuantos investigadores ‘aliados’ (es decir externos a la comunidad) están dispuestos a firmar y a  respetar el protocolo y allí será Troya. Entonces, ¿qué tan ‘aliados’ son?

Además, actualmente, observo que el movimiento social se encuentra con que es escenario de propuestas y modas intelectuales como la del denominado ‘colorismo’ brasilero. Esto nos ha llevado a extremos absurdos como a rechazar a un investigador de la talla de Agustín Lao Montes, bajo el subterfugio de que es ‘blanco’.  El colorismo que nos viene del Brasil nos puede conducir a retornar a la escala colorida a la inversa. Una persona afro se define por su cultura y su consecuencia con las luchas de los pueblos diaspóricos del África. Es un error mayúsculo rechazar, en nuestra naciente organización (ASA), los saberes y la trayectoria de un investigador “mulato” (feísima palabra, pues viene del animal “mula”), reconocido en el mundo afroestadounidense y en Europa: el ekobio Agustín Lao Montes. El hermano afroborícua es un hombre afroamericano y como tal se reconoce a sí mismo. El “colorismo” nos lleva a un planteamiento absolutamente falso, según el cual a mayor cantidad de melanina (pigmento permanente producido por células especializadas denominadas melanocítos, que dan el color de la piel y su función es la protección frente a los rayos ultravioletas), hay más autenticidad, más consecuencia. Esta es una absurda “naturalización”.

No podemos desconocer que sí tenemos aliados, que si bien no son producto directo de la diáspora africana reciente, sí han apoyado nuestras luchas. Con los aliados probados por la historia y las acciones, se deben buscar formas claras y honestas de relacionamiento, la precondición es el respeto mutuo.

Con estas reflexiones invito al más intenso y honesto debate, sin jugar con la ‘cachacada’ que está trayendo más violencia a Colombia: el juego de la doblez o el del denominado plan /B/ que en algunos se alarga hasta el /Z/.

Fraternalmente,

RAFAEL PEREACHALÁ ALUMÁ.

Miembro del Kilombo (Cali).

MAYO 10 DE 2020

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