«Nos estamos acostumbrando a los robos, a tapar, a justificar a los rateros» Odín Sánchez Montes de Oca

MANO PELE, CHUSPA AL SUELO

Cuando uno de aburrido por el largo encierro producto de la Pandemia, o de la ola de violencia que azota a nuestra ciudad, se anima a darse un venteo buscando con quien hablar por el centro o por la segunda, donde aún quedan los tinteaderos como: “El Dialogo», a todo el frente del Parque Centenario, escampadero de los que no entran a misa cuando acompañan los sepelios y que salen corriendo hacia la entrada principal de la Catedral cuando la misa se termina y sacan el féretro pasa subirlo al carro fúnebre, para que los familiares del difunto (a) los vean; y los que quedan diagonal al Banco de Colombia, el uno de propiedad del carmeleño Froilán Zapata y Señora (el de toda la esquina), y el de enseguida, de Olga, la hermana de “Pacho” Moncada, y esposa de Ciprian, viejo comprador de Cacao y de piel de animales fieros -pero mansos en comparación con los que mencionaré en este relato-; lugares que hasta hace poco eran frecuentados por viejos y apreciados amigos, fallecidos antes de la llegada de la peligrosa peste, como «Mayolo», y otros que se fueron en pleno apogeo del Coronavirus, como «Pachungué», y posteriormente su pariente Alfredo Cujar Garcés, quien utilizaba como seudónimo el de «Mena Mena» en su columna semanal para Chocó 7 días.


Pero fue en la carrera 3a, donde siempre quedó el «Bar y Cafetería Andágueda», en donde cualesquier día de estos me encontré con varios sesentones, unos llegando a los setenta y otros ya pasaditos, y empezamos hablando de las fiestas franciscanas, y terminamos recordando de robos y hurtos, pero también de los que in illo tempore cometían las fechorías; así fue como nos remontamos a «Pra pra pra», por algún lado de apellido Garcés, de quien se decía que tenía oración porque, cuando después de cometer el ilícito lo buscaba la Policía en su casa, a sabiendas de que estaba allí, nunca lo encontraron, famoso también por el atraco a «Góngora», administrador del Teatro Cesar Conto. Evocamos a «Papá Juan», especialista en robarse los tanques de ACPM y de Gasolina vacíos utilizados como recipiente de aguas lluvias en las paliaderas de las casas, tanto que, era común que cuando alguien necesitaba uno o varios, lo buscaban a él, y simplemente les preguntaba: ¿Lo quieren solo o con paliadera?, salvo equivocación de los contertulios, se dijo allí que “Papá Juan” terminó siendo cotero, descargando mercancía en el comercio, por lo general donde Adriano Rivas, donde Epifanio y donde Fernando Ramírez en compañía de sus colegas «Pachanga” y Atanasio, y cargando camiones con madera, en la ruta a Medellín; recordamos también a «95», ultimado en legítima defensa por el exempleado del Banco de la Republica y comprador de oro Don Fidel Guerrero; se vinieron a nuestras memorias «Pintaito» y rateros finos como «Pacho Perol»; y como olvidarnos de «Medardito», especialista en meterse en la casa ajena, quien además manifestaba «ser ajeno de lo ajeno», y de quien comentaba el comerciante «Burro de Oro», Don Crescencio Maturana, cuando las autoridades acudían a su negocio por sospechas de reducidor: «Que si alguna cosa robada, era encontrada en su negocio, eran cosas que había dejado allí Medardito». Existieron otros famosos que terminaron al decir de ellos: Trabajando en Medellín, tales como: «Pollondon”, “Juan Erge” y “Munerita».


Yo casi no recuerdo de rateros de Istmina, como vi de niño o joven a futbolistas que lo hacían muy bien como: “Pipo Cariuty”, Orlando “La Guaza”, y Odulfo Murillo, o “Moro Chia”, “Piporeto”, Omar Lozano -cuando Andagoya pertenecía a Istmina-, “Moro Rico” y Dawlish Mosquera, que hasta le cargaban los guayos cuando iba a encarar un partido en la cancha de la Normal, sin embargo alguien me contó de «Waldomerito», hijo del relojero Waldomero, recordado porque, la mayoría de su vida la pasó en la cárcel, dicen que salía de esta a robar, para que lo volvieran a guardar.


Lo cierto es que, hablando sobre los orígenes del mal vicio de algunos amigos de lo ajeno en Istmina, hay algunos que lo remontan a unas gestiones desde las alcaldías, desde donde se armaban unos procesos administrativos laborales que, siempre fallaban en contra del Municipio, cuyas voluminosas condenas se repartían entre conocidos de autos, que más tarde practicaron lo mismo desde la Gobernación del Chocó. Pero déjenme recrear los inicios de la vagabundería: Alguna vez se murió un alto funcionario judicial, honras fúnebres a las que asistió toda “la pupula Cordobista” de Quibdó, muy tiesos y majos llegaron a su residencia donde estas se celebraban, y en varias oportunidades se suspendió la salida hacia el cementerio por la caída de una pertinaz lluvia, a lo que la gente murmuraba que el finado, enemigo de los bancos, porque guardaba la «marmaja” en maletas debajo de la cama, no quería que lo llevaran al campo santo, por lo de la presencia de la ilustre comitiva llegada de Quibdó.


El mal vicio del hurto, del robo, del alcance y peculado del funcionario público, no es de ahora, y no es el problema, este está en que nos estamos acostumbrando a este tipo de comportamientos, tanto que, casi es cultural porque, además de consentirlos, los tapamos y los justificamos, sea por relaciones de consanguinidad, afinidad política, ora porque, ya tiramos la toalla ante la falta de unas justas sanciones sociales o judiciales; acciones que además de aplaudidas, las convertimos en ejemplo para los jóvenes y las futuras generaciones. Es que, eso que se roben una plata de salud, o que pongan a alguien en la Secretaria de Educación para que la saquen, repartan y aparezcan después algunos funcionarios desde jefes de división hasta asesores y directores, con suntuosas casas y automóviles, y no les pase nada porque “alcanza hasta para los jueces”, no deja de ser un mal ejemplo; o que se roben los recursos de regalías y digan con cinismo: «Me dejan salir a la Cámara, arreglo mis problemas y me convierto en jefe del Cordobismo y del Chocó». Bueno, hasta del Cordobismo no digo, pero del Chocó, déjenme pensarlo.


Claro que, con el problema de hambre, uno no sabe; pero lo que si sé es que, hay chocoanos que tienen un poquito de dignidad, que no aplauden, no tapan, ni justifican ningún tipo de fechorías.


PDTA: Con las incautaciones de algunos bienes por parte de la Fiscalía, y entrega para su administración a la SAE, están comprando mucho Lomotil, pero además crecieron los movimientos de conocidos en algunas Notarías, Oficinas de Instrumentos Públicos, y viajes al Eje Cafetero.

Atentamente,
Odín Sánchez Montes de Oca

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