Cuando un amigo se va… Por : Carlos M. Castillo Ayala

PUNTO APARTE

Por : Carlos M. Castillo Ayala

Con profundo dolor, con el alma destrozada, sin entender con exactitud qué es lo que está pasando, que nos está matando?; pero por sobre todo, con un miedo espantoso de lo que sucederá mañana, con todos esos temores e interrogantes, a tan solo unas horas de haber recibido una noticia devastadora para mí y para mi esposa, hoy en la mañana del viernes 23 de abril, me siento a reescribir esta columna que ya estaba redactada con otro tema.

Desde que mi esposa me compartió el último reporte de su estado de salud, en la mañana del jueves 22 de Abril, mi alma, mi corazón, mis sentimientos y todo lo que representa sensibilidad en mí, entraron en crisis, me invadió un miedo espantoso del desenlace que la situación pudiera tener y es que las noticias no abrigaban mucha esperanza, los médicos habían claudicado, las opciones de vida se habían reducido a cero, tan solo esperaban el momento final, esa mañana el médico le dijo a la esposa: ¨lo más probable es que él fallezca en las próximas horas¨, en el audio se escucha el llanto lastimero de esta mujer a quien el destino iba a dejar viuda a muy temprana edad, con 1 hija en formación que ya no podrá crecer bajo el cuidado, amor y consejos de su padre, al escuchar este desolador parte médico, en la distancia, todos quienes estábamos atentos a su evolución médica, hicimos lo que las personas de fe y creyentes en un ser superior solemos hacer en estos casos, rezar y orar por su restablecimiento, yo confiaba en su fortaleza física, esa misma que aún lo mantenía con vida, a pesar que ante este contagio familiar, su papá y su hermana, ya habían perdido la batalla. Todo el día estuve muy tenso, me daba miedo que el celular sonara y fuera mi esposa con desgarradoras noticias, me abstenía de leer mensajes por lo mismo, dentro de mí, abrigaba la leve esperanza que él se repusiera y como Lázaro se levantara de esa cuasi tumba, llamada UCI, en donde estaba dando la más dura batalla de su corta edad, la lucha por su vida; en medio de mis cavilaciones todo el día estuve pensando cómo han cambiado las cosas, recordé como eran las enfermedades y los acompañamientos de familiares y amigos, antes de esta vendita crisis; Quizás lo más triste de este virus es la indignidad en que la gente está muriendo, es decir, solos, lejos de sus seres queridos, sin poderse despedir de ellos, muchos mueren asfixiados por falta de una UCI, pero lo que viene después incrementa el dolor de los que quedan vivos, no pueden acercarse al cadáver de su familiar, no tienen la tranquilidad de darle un beso de despedida al cuerpo inerte que yace en un ataúd, el virus y los protocolos no lo permiten, esto acrecienta el dolor de esta inesperada partida.

Anteriormente, todo era normal, se cumplía con rigurosidad el ciclo vital de la vida, es decir, en su gran mayoría, los enfermos eran los adultos que por su avanzada edad tenían que recurrir a los cuidados médicos; recuerdo que los días domingo se convertían en un día de visitas de cortesía a los enfermos, era común llegar a una clínica a visitar a un familiar, amigo o paisano, y encontrar la sala de visitas ruidosamente llena, había que coger turno para entrar unos minutos a saludar al paciente, en los pasillos, salas de espera y cafeterías, se armaban amenas tertulias para pasar el tiempo, de esta manera se expresaba la solidaridad de los chocoanos.

Cuando lo conocí, en 1995, tenía 13 años, participábamos en el pony futbol en Medellín, con el club deportivo que fundamos: EL RECREO, era un niño inquieto y alegre, jugaba de volante mixto, era recio en su estilo de juego; mi esposa, que siempre acompaño mis locuras y luchas deportivas, se convertía en la madrina de estos niños, les enseñaba desde como coger los cubiertos, les daba charlas sobre buenos modales y solidaridad, no recuerdo de qué manera pasó, pero lo cierto fue que este niño desarrollo un afecto especial con mi familia; terminado el campeonato, solía pasar largas temporadas con nosotros, a donde nos moviéramos de paseo o fiesta familiar, había que llevar al nuevo miembro de la familia; a pesar que le habíamos advertido que nos avisara cuando fuera a visitarnos, los fines de semana era común encontrarlo sentado en el antejardín, esperando que llegara alguien que abriera la casa, compartía habitación y juegos con mi hijo mayor, así transcurrió su infancia. Por unos vínculos políticos en el municipio de Envigado, mi esposa le consiguió a él y a otros estudiantes chocoanos, cupo en la Universidad de ese municipio y de esta manera realizo su primera carrera de contador; al culminar sus estudios se convirtió en el contador de nuestra empresa; desde que estaba estudiando, asesoraba las empresas de mis hijos, heredo el amor a esta profesión de su padre, quien luego se convertiría en su socio de trabajo. Recientemente había terminado una segunda carrera, derecho, había instalado una muy buena oficina, estaba lleno de sueños e ilusiones, se aprestaba a enfrentar un futuro promisorio en el campo profesional, pero el destino y esta mortal enfermedad le tenían una ingrata sorpresa, de esas que no se planifican y para la que nunca nos preparamos; es por eso que me duele tanto ver partir a un joven profesional que a sus 39 años, cuando el capullo de su vida se aprestaba a florecer, pierde la vida en absurdas circunstancias; descansa en paz hijo adoptivo, contador y abogado, EFREN VALOYEZ CORDOBA (Efrencito para nosotros o Batey Valoyez, como lo llamaba mi hermano). Esta familia de 6 miembros (4 hijos, 2 mujeres, 2 hombres), quedo reducida a la mitad; un abrazo solidario para doña Tomasa Córdoba y sus dos hijos sobrevivientes, también para la esposa Paola Panesso y su hija; que puedan soportar esta dolorosa tragedia.

ESTE ARTICULO SE ESCRIBE COMO UN HOMENAJE A LA FAMILIA VALOYEZ CORDOBA, QUE PERDIO A 3 DE SUS MIEMBROS, EFREN VALOYEZ (PAPÁ), MARYORY (HERMANA) Y EFRENCITO, NUESTRO QUERIDO PUPILO Y CONTADOR.

También recordamos a la amiga Claudia Gallego, y a los más de 3 mil colombianos que han perdido la vida en la última semana, es tiempo de recordar la agresividad de este virus, es tiempo de hacer una reflexión y reafirmar la responsabilidad de cuidarse, por mí, por mis padres y hermanos, por mi familia, por todos.

Ya habrá tiempo para reencuentros y rumba, pero sin vida no hay oportunidad, que la tragedia no toque tu puerta.

CARLOS M. CASTILLO AYALA

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