Necesitamos revisar la empatía en nuestro país Por: Haidy Sánchez Mattsson

  • Psicóloga clínica de niños , adolescentes y adultos. Investigadora en salud mental y trastornos del Neurodesarrollo.

Publicada en el periodico el Espectador
En las últimas semanas ha sido notoria la cantidad de preguntas y opiniones de muchas personas en sus redes sociales en torno a la noción de empatía, en contraste con los hechos que ocurren en Colombia. ¿Se está deteriorando en la ciudadanía colombiana la capacidad de conexión emocional con otros? ¿Por qué el deterioro en la capacidad de desarrollar empatía en los colombianos?.

La aparición de estas reflexiones es cada vez más constante y profunda, cuando en el país suceden tantos casos insólitos y crueles; todo tipo de violencia contra los niños y las niñas, masacres en distintas regiones, vidas perdidas por doquier: líderes sociales, policías, campesinos, reinsertados, soldados, cientos de vidas perdidas en medio de una guerra fratricida que parece no tener final. Cada vez es más frecuente la manifestación de la guerra en los campos y ciudades, acompañada de terribles discursos de odio que se apoderan de todas las redes sociales.

Estas situaciones pueden estar dañando nuestra capacidad de estremecernos y conectarnos con el dolor de otros; lastimosamente se está convirtiendo en una constante en nuestra sociedad. La abundancia diaria y constante de imágenes grotescas, violentas e indiscutiblemente tristes en nuestra cotidianidad por medio de los sucesos que acontecen en diferentes ciudades, en diferentes zonas rurales, nos está deteriorando la empatía.

La capacidad humana para empatizar es un aspecto fundamental cuando nos enfocamos en el estudio de la conducta humana. Su análisis resulta de enorme interés para poder comprender la conducta prosocial.

Pero bien… ¿Qué es ser empático?
Es el acto por medio del cual un individuo se siente identificado de las problemáticas de los demás, comprendiendo de manera directa los sentimientos y pensamientos que otras personas tienen y actuando conforme a ellos. Es literalmente…ponernos en la piel del otro.

La falta de empatía genera que los vínculos se rompan, los ideales colectivos se extingan y entremos en una forma de egocentrismo y radicalismo, convirtiéndose en un hilo muy delgado entre lo humano y lo deshumano. Si no podemos entender lo que la otra persona siente, de imaginarnos cómo siente un niño o niña al ser abusada sexualmente, cómo se sienten los padres de estos niños, al saber lo que ha pasado con sus hijos, cómo se siente un joven al ser amenazado, al ser torturado y masacrado, cómo se sienten las familias de estos niños cuando ellos desaparecen, entonces, tenemos indudablemente ausencia de empatía.

Comprender y conectarnos con la tristeza de una familia golpeada por el COVID-19 u otra enfermedad al escuchar que los recursos destinados para su atención medica no están, comprender cómo se sienten realmente las personas que se suben en Transmilenio y se dan cuenta de que están destruidos, cómo se sienten las personas que son ridiculizadas, estigmatizadas por su condición sexual, étnica, o su posición política, cómo se sienten las personas que debido a sus discapacidades físicas o cognitivas sufren matoneo y exclusión, los que tienen un trabajo honesto pero catalogado por algunos en la sociedad como menos valioso, siendo víctimas de burlas y chistes de mal gusto y memes ridiculizantes; debemos seguir preguntándonos: ¿qué pasa con la empatía?
Indiscutiblemente en Colombia, hoy, se está creando un espiral de violencias en donde los discursos de odio, polarización y las realidades se retroalimentan con una eficacia monstruosa.

Todas estas situaciones nos deben llevar a preguntarnos qué nos pasó. ¿Por qué elegimos el radicalismo, verdades polarizadas, el desprestigio, el meme de odio y de matoneo que nos desconecta de la capacidad de ponernos en el lugar del otro? En ocasiones elegimos discursos de odio aun sabiendo que eso implica darles la espalda a nuestros semejantes. Nuestros corazones comienzan a desconectarse de otros corazones y son colonizados lentamente por doctrinas de la confrontación, dejando huellas negativas en la sociedad y creando un futuro muy preocupante.

Debemos preguntarnos cuando alguien está en una situación de dolor: ¿Me gustaría a mí vivir o que mis familiares y seres queridos vivieran esa situación bochornosa, peligrosa o temerosa que yo mismo estoy creándoles a otros?

Es hora de que todos en Colombia hagamos el ejercicio de tratar de comprender el sufrimiento, dolor o vergüenza de los demás. Y si no logramos encontrar ese camino, entonces estamos ante graves imposibilidades de manifestar nuestra empatía natural; lo cual expone a nuestro ser y nuestro entorno a infinitos daños.

Si algo ha demostrado la psicología y la historia misma de la humanidad es que nunca es tarde para darles un nuevo rumbo a nuestros comportamientos, a nuestra vida; podemos reconectarnos con nosotros mismos y con los demás, podemos ser empáticos, conectarnos con otros, aun así los otros piensen diferente a nosotros.
Me llama mucho la atención cómo muchos animales desarrollan manifestaciones increíbles de compasión, lealtad y bondad. Por ejemplo, animales domésticos como los perros, los caballos y los gatos dan muestras increíbles de empatía a sus dueños; por eso debemos recordar que la solidaridad y la compasión se manifiestan en la vida misma, no solo en seres humanos. Nuestra razón y nuestro poder natural debería encaminarse a la preservación y no la destrucción.

El no imaginar el sufrimiento del otro es precisamente lo que fácilmente conduce a actuar de una forma malvada; se siembran semillas de odio en las personas, en los niños y en las nuevas generaciones. Llenamos de odio la tierra donde nuestros propios niños y niñas vivirán y crecerán.

No podemos pretender construir nuestras emociones, experiencias y nuestro propio país en campos de batalla, no podemos pretender dejar una sociedad donde sus pilares sean la falta de empatía, la crueldad, la deshumanización y el irrespeto. El cansancio emocional que viene padeciendo Colombia tiene su origen en diferentes aspectos, pero algo que debemos reconocer es que la enorme incertidumbre, el miedo, los duelos , los sufrimientos y las angustias a las que nos hemos sometido últimamente nos están llevando del caos al colapso y a la deshumanización gradual.

Si perdemos esa capacidad de reaccionar empáticamente ante el dolor ajeno, de ponernos en los zapatos del otro, habremos retrocedido en nuestra condición humana y como sociedad. Está en nuestras manos el mundo que queremos forjar. Cosecharemos justo lo que sembremos en nuestro corazón y en el de otros. Como lo escribió Nelson Mandela: “Soy el capitán de mi alma, Soy el amo de mi destino”.

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