A PROPÓSITO DE UNA FOTOGRAFÍA . Por :Gustavo Trujillo Rumie

Por : Gustavo Trujillo Rumie

La época era propicia para salir. Ya se acababa noviembre del 2010, y era la hora en que no lograba reunir al Mono Diaz, a Jaime Sarria y a Pacho Moncada, para que nos fuéramos por ahí a “botar corriente”. Ya de antes lo había intentado, sin éxito, pues cuando no era el uno era el otro el que no lo podía hacer. A decir verdad, me subyugaba la idea de juntarlos, embarcarlos en un carro y arrancar con ellos a cualquier parte. Al Mono, por mi vecindad con él, pero sobre todo por mi afecto, lo visitaba a menudo, y allí, a veces, coincidía con Pacho. Pero a Jaime, al que le guardaba una admiración especial, hacía bastante tiempo no lo veía. Por esos días, ya el Mono andaba un tanto enfermo, y el paradero de Jaime oscilaba entre el misterio y la incertidumbre, de modo que el más accesible parecía ser Pacho quien, casualmente, resultaría ser, a la postre, el que faltara a ese paseo de la nostalgia por tierras del oriente antioqueño. Había escogido esos rumbos, no solo porque me fascinaban sus paisajes, sino, tambien, por la autoridad que me otorgaba ser gestor y anfitrión de ese paseo.


Un día, por fin, nos pusimos de acuerdo: los recogería al día siguiente en la casa del Mono. Cuando llegué por ellos, ya Jaime estaba ahí. Los vi bajar por las escaleras, uno detrás del otro. Mono lucía un llamativo pantalón de dudoso talante escocés, que no hacía juego para nada con una camiseta azul clara atravesada por tupidas franjas horizontales. Traía chantada, además, una cachucha de otro azul más enconado, que según la sigla inscrita pertenecía al inesperado equipo de futbol argentino, Boca Junior. Jaime, por su parte, bajó vistiendo un moderado pantalón oscuro, cubierto en buena parte por una camisola blanca de cuello “corte de franela”, muy parecida a las antiguas “cotonas” de las abuelas, que le infundía un cierto aspecto, algo lejano, de pacífico pero inspirado monje tibetano. Pacho se había excusado alegando alguna razón de peso que no recuerdo ahora, pero que en todo caso no tenía que ver ni con compromisos ni con citas ni con nada distinto a algún contratiempo de salud que simplemente requería reposo.


Desde que pusieron los pies en el carro, supe que aquel paseo sería un éxito. Mono me ordenó que suspendiera esa música instrumental que venía escuchando, y puso un disco que traía con boleros de la Sonora Matancera. Ahí cambió todo. La seriedad se fue al carajo, y las risas por cualquier cosa empezaron a aparecer. Se reían por todo, y se burlaban de todo. De ellos mismos, de sus amigos, de sus problemas. Era como si el tiempo se hubiera brincado cincuenta años para atrás, y otra vez fueran aquellos mozos rozagantes en la plenitud de la vida. No había dolencias, ni jubilaciones atrasadas ni nada de esas cosas. De lo único que me pareció que hablaron en serio fue ¡cómo no!, de política, su tema eterno que al parecer ya traían adelantado, porque para la primera parada que hicimos cuando tomamos el llano, ya el gobierno de Mariano Ospina, al que defendía el Mono, y el de Laureano, al que defendía Jaime, habían sido absueltos por ellos de todas las villanías que les endilgaba la historia.


Luego de una curva que se enderezó de improviso alcancé a ver, por allá, en el fondo, la fonda donde vendían las empanadas caucanas. Ahí nos bajamos. Querían constatar si era justa la propaganda que yo les hacía. Para entonces, ya los temas rondaban por predios del pueblito natal, pues ya habían determinado, luego de un brevísimo debate, que su nueva clase política no le llegaba a los tobillos a aquellos contemporáneos suyos que antaño habían sido sus compadres de luchas. “Esa gente sí valía la pena”, dijeron, dirigiéndose a mí como si fuera el sujeto a convencer, y de todas maneras metiéndose ellos mismos en esa cochada. Cuando se les acabó la cuerda me preguntaron: ¿Sí o no que fueron mejores? Les dije que sí. Y no para complacerlos: era porque eso me constaba.

Jaime Sarria Misas y el Mono Diaz, amigos y coopartidarios de toda una vida.QEPD

Las empanadas, pasaron finalmente el examen. Los dos dijeron que eran riquísimas. Después, sucedió lo que para todo chocoano ausente resulta inevitable: les cayó la nostalgia. Mejor, nos cayó la nostalgia. Primero, hablaron de sus amores. Lo hicieron sin reservas y con nombres propios. Después, hablaron de los tiempos idos, de sus padres, de sus hermanos, de sus amigos, de sus recuerdos de infancia. Hablaron de ese pueblo antiguo que a mí también me tocó vivir, y ahí me desempolvaron cosas que creía olvidadas, y me enternecí recordándolas de nuevo, y sintiendo por allá, desde muy lejos, que todo eso que ya no estaba me dolía en alguna parte y que su ausencia definitiva y para siempre me hacía una falta endemoniada. Ahí me di cuenta que el tamaño de mis quereres no eran menos que el de ellos: que yo quería tanto a mi pueblo como lo querían ellos, nada extraño, por demás, puesto que eso de nacer y criarse en un lugar tan semejante al paraíso, no es asunto que se olvide fácilmente.


Tocados por ese estado de gracia, y muy al filo del mediodía, llegamos por fin a Rionegro. El día estaba claro y sin síntomas de lluvia. A instancia de ellos dos, entramos a la catedral. La teníamos enfrente. Durante el viaje les había hablado de ella, y querían conocerla. En ese momento se oficiaba una misa. La recorrimos de punta a punta, y nos detuvimos en un recinto en donde se albergaban motivos sagrados muy antiguos. En algún momento, en medio de la aglomeración, se me perdieron de vista. Los busqué por todas partes, menos por donde estaban: hacían cola para comulgar. Cuando les pregunte desde cuando lo hacían, me mintieron. “Siempre lo hacemos” dijo el Mono. “Sí, siempre lo hacemos”, corroboró Jaime. Después nos fuimos a almorzar, y estando allí les tomé la foto que ustedes y yo contemplamos ahora.

Gustavo Trujillo Rumie, Bogotá,Agosto de 2020.

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